EL MECHERO BUNSEN
SINOPSIS:
     Kathy Maribel Lee (Candice Bergen), una joven neoyorkina, es raptada por una tribu de indios cheyennes, y obligada a convertirse en una de las maltratadas mujeres de un exaltado joven jefe Águila Negra. En un descuido consigue escaparse y se une a una caravana militar que transporta un cargamento de oro desde Colorado al Fuerte Reunión. La tropa cree que es una mujer fácil por haber permanecido dos años con los indios, aunque la contemplan con cierto recelo racista.
     Cuando el destacamento es atacado por los cheyennes, sólo ella y un joven soldado, Honus Gent (Peter Strauss), logran sobrevivir: ambos aprenden a soportar sus diferencias para sobrevivir en un ambiente hostil, sin caballos y a muchas millas del fuerte más cercano. Un comerciante de armas, Isaac Cumbre (Donald Pleasence), promete conducirlos a una zona civilizada, pero su intención es traicionarlos y llevarlos de regreso a territorio cheyenne para devolverle a Águila Negra a su mujer y recuperar así la confianza de los indios. Durante el viaje, Kathy y Honus no sólo descubrirán su amor, también la verdadera esencia de todo lo que sucede a su alrededor.

Título original: Soldier blue
Año: 1970
Director: Ralph Nelson
Reparto: Candice Bergen (Kathy Maribel Lee), Peter Strauss (Honus Gent), Donald Pleasence (Isaac Cumber), Jorge Rivero (Águila Negra)
   
     Adaptación basada lejanamente en la novela Arrow in the Sun, de Theodore V. Olsen, se apoya en hechos reales, y de ahí el impacto de las imágenes y el valor del mensaje: la convivencia de una mujer blanca entre los sioux durante dos años, en los que fue la esposa del jefe “Spooted Wolf”, y en la masacre de Sand Creek, Colorado, que en 1864 llevaron a cabo oficiales sajones contra un indefenso poblado Cheyenne.
     Ya desde su inicio, el film recalca en un pequeño texto su fidelidad a un suceso real: “El climax de Soldado azul muestra específicamente los horrores de la guerra, de cómo la codicia sangrienta vence a la razón”.
Guerreros cheyenne (1905). Foto Edward S. Curtis

     Para acabar diciendo: “El horror más grande de todos es su absoluta veracidad”.     
     Narra el genocidio bajo un doble prisma: el soldado idealista –fue obligado por su padre a ser militar- que atisba el horror y se niega a aceptar lo que está ocurriendo, y la mujer de raza blanca raptada por los indios, a caballo entre dos mundos, que en el fondo quiere y respeta a sus captores.
     Son dos seres antitéticos: Honus no sólo es joven e inexperto, también es tímido, ingenuo, torpe y lleno de prejuicios. Sus ideales irán perdiendo fuerza y validez a medida que su aventura le va abriendo los ojos. Kathy es fuerte, autosuficiente, más experimentada y valerosa. En la relación emocional que se establece entre ellos, poco convencional, hay momentos de cierta comicidad, pues ella se muestra desenvuelta, con un lenguaje crudo y directo, de vuelta de convencionalismos y tabúes sociales, mientras que él aparece un tanto ridículo. Ambos escenifican una guerra de sexos, con los roles invertidos.

                LA MASACRE

Honus y Kathy (arriba). Cheyennes (abajo)
     La secuencia de la masacre con la que acaba el film, una orgía de sangre retratada con detalle, convierte a este western en uno de los más violentos de todos los tiempos –una de las truculentas imágenes es la de un soldado que corta con nitidez el pecho a una india-, pudiendo decirse que es un western gore. Aunque testimonios directos demuestran que la película se quedó corta. 
     Después del descubrimiento del oro en Colorado, en 1858, las tierras de caza de los Cheyennes del Sur estuvieron cada vez más invadidas por los estadounidenses y el resentimiento se desarrolló en ambos lados.

     Al mando del batallón autor de la masacre estaba el coronel y reverendo John Chivington, ordenado ministro de la Iglesia metodista con apenas veinte años. Con el final de la Guerra de Secesión se le devolvió a su antiguo escalafón, y por tanto, la única manera de reverdecer los laureles era participando en las guerras indias. Consideró que si conseguía librar a los colonos de los cheyennes iba a ser cuestión de poco tiempo sentarse en una silla del Congreso.

     Caldera Negra, uno de los líderes cheyenne, había visitado al presidente Abraham Lincoln en Washington, había viajado en tren y había visto los edificios de ladrillo y los barcos de vapor, concluyendo que su pueblo no tenía nada que hacer contra un enemigo tan formidable. Por ello dedicaba su fuerte liderazgo a no fomentar la agresión. El coronel Greenwood le proporcionó una bandera de la Unión y le prometió que nadie le atacaría si la hacía ondear en donde quiera que plantase su campamento. En noviembre de 1864 levantó sus tiendas en la orilla del río Sand Creek para encarar el invierno, envió a sus guerreros más jóvenes a cazar y se quedó con los viejos, las mujeres y los niños en sus tolderías. 

El jefe cheyenne Caldera Negra y el coronel John Chivington

   Cuando el coronel Chivington atacó, Caldera Negra izó una bandera blanca y la bandera americana que le regalaron, en un intento por detener la violencia, pero los soldados asesinaron a unos 200 indígenas, muchos de ellos mujeres y niños. Los cheyennes se vengaron matando a varios cientos de colonos durante los cuatro años siguientes.
     La tradición en el western por la cual los estadounidenses son retratados como los héroes y los indios como salvajes sedientos de sangre comenzó a cambiar a partir de los años 60. Soldado azul reivindica la figura de los indios y los considera como auténticas víctimas.Amplía la temática del western hasta una denuncia general del colonialismo indeseable, del genocidio. La exhibición de tanta brutalidad es utilizada para transmitir un mensaje antimilitarista y en contra del imperialismo descarnado.
     Aunque el mérito de ser el primer film proindio recae en “Flecha rota”, que dirigió en 1950 Delmer Daves, dos décadas antes del film que nos ocupa. Por su parte, cineastas como Sam Peckinpah propusieron una visión más realista y crítica con el nacimiento de la nueva nación.  

Niño cheyenne (1927). Foto Edward S. Curtis
     Es curioso cómo el cine norteamericano ha logrado crear una verdadera épica a partir del genocidio de un pueblo y su conquista por la fuerza. El giro dado en los '60 por los llamados “revisionistas” no sólo transformó el western, sino que se reconoció al pueblo indio como depositario de una cultura milenaria que vivía integrada con la naturaleza. Quizá esa integración, ese adaptarse al medio y dejarse fluir hacia donde lleva el río en lugar de pretender dominarlo, fue determinante para facilitar su exterminio por el hombre blanco.
     Algunos activistas llegaron a equiparar las atrocidades cometidas por el ejército de EEUU durante la guerra de Vietnam con las matanzas cometidas contra las tribus indígenas. El propio director, Ralph Nelson, nunca ocultó que Soldado azul era un alegato contra la guerra de Vietnam, y en concreto contra la masacre de My lai, ocurrida en 1968, en la que un grupo de soldados yanquis entró en una indefensa aldea vietnamita y asesinó a 500 civiles, la mayoría viejos, mujeres y niños, tras violarlos y torturarlos. Fueron juzgados 26 soldados y sólo uno condenado, el teniente William Calley, que sólo cumplió tres años en arresto domiciliario.
     La banda sonora de Roy Budd, a veces más que subrayar los pasajes, cobra protagonismo propio por el lirismo y originalidad de sus temas inspirados en el jazz, las baladas y las formas más estándares del western.
   
     En 1972, Marlon Brando rechazó recoger su Oscar por El padrino aduciendo el trato vejatorio que el cine había deparado a los indios, enviando a la ceremonia de entrega a una actriz vestida de india para leer un texto reivindicativo. Hollywood estaba cambiando, pero no EEUU, pues Soldado azul tuvo un gran éxito en Europa, y en cambio, resultó un fracaso comercial en su país, donde recibió muchas críticas que la calificaban de antiamericana.

CURIOSIDADES:
En el momento de su estreno se suprimieron varias imágenes por su verismo violento.
En Gran Bretaña se exhibe sin veintidós segundos correspondientes a la violación de una india en la batalla final. Hasta hace poco, se habían cortado tres escenas en las que aparecían caballos maltratados.
Para la escena de la masacre, el director utilizó a huérfanos con miembros amputados.

 
WESTERNS CON SUPERLATIVO

El más antiguo: Asalto y robo de un tren (Edwin Porter, 1903)
El más corto (en tiempo escénico): Sólo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952)
El más crepuscular: Pat Garret y Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973)
El de mayor culto (hace unas décadas): La diligencia (John Ford, 1939)
El de mayor culto (en la actualidad): Centauros del desierto (John Ford, 1956)
El más enigmático (por su final): Raíces profundas (George Stevens, 1953)
El más familiar: La conquista del Oeste (Hathaway, Ford y Marshall, 1962)
El más gore (en versión íntegra): Soldado azul (Ralph Nelson, 1970)
El más heroico: Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941)
El más narcisista: El rostro impenetrable (Marlon Brando, 1961)
El más ostentosamente proindio: Pequeño gran hombre (Arthur Penn, 1971)
El más sarcástico: El día de los tramposos (Joseph Mankiewicz, 1970)
El más trágico y romántico: Duelo al sol (King Vidor, 1946)
El más violento: cualquier spaghetti de Sergio Leone y compañía (años sesenta)
(selección de Jordi Tomás, catedrático de Literatura, revista Historia y Vida, nº 404)