EL MECHERO BUNSEN
Los recuerdos por hechos impactantes vividos en la infancia o adolescencia suelen ser imborrables. Voy a hablar aquí de un suceso poco conocido acaecido cuando tenía 16 años (Bunsen)

   
 Me refiero a la manifestación que el 5 de marzo de 1976 sacudió la ciudad de Tarragona y en la que falleció en circunstancias poco claras el joven trabajador Juan Gabriel Rodrigo Knajo. Una jornada trascendental, la más violenta vivida en Tarragona durante la Transición, que ha sido ninguneada en muchos de esos aniversarios, libros o exposiciones fotográficas que nos hacen creer que tenemos memoria, y que honramos a los que sufrieron y dieron su vida por una sociedad más justa.
     Muerto el dictador Franco pocos meses atrás, en aquellos días la vida social española estaba presidida por un anhelo generalizado de libertad. Los acontecimientos políticos, algunos aún con cierta timidez e inseguridad, como a tientas, se suceden vertiginosamente. A los nostálgicos gritos de “¡Franco, resucita, España te necesita!”, se opone el clamor popular de “Libertad, Amnistía y Estatut de Autonomía”. Pero en aquellas fechas todavía existe una dictadura brutal con sus grises, sus Tribunales de Orden Público (TOP), su tortura en las cárceles, su censura, es decir, su control asfixiante. No era un régimen paternalista y de cierto pluralismo, sino un sistema corrupto, despótico y cruel. Aún resuenan las últimas condenas a muerte de tres miembros del FRAP y dos de ETA. Pero aquellos no serían los últimos asesinatos a manos de la “violencia monopolística” del Estado franquista.

     El derrumbe del antiguo régimen no iba a producirse por sí solo. La prueba es que distintos sectores económicos, políticos y sociales intentan perpetuar un franquismo sin Franco. Si les sale mal es porque encuentran una tenaz resistencia en una sociedad que perdía el miedo, una negativa radical que se tradujo en una presión incontenible desde abajo.
    En paralelo a la tímida apertura política discurría el denominado destape, en revistas y cines, que van sustituyendo a los viajes a Perpignan para ver El último tango en París.

Jordi Pujol, Heribert Barrera, "El Guti", Narcís Serra,
Miquel Roca, Jordi Solé Tura, Josep Benet...

     A mediados de enero, el pontífice Pablo VI excomulga al esperpéntico papa Clemente, cansado ya de su heterodoxia fascista y sus insólitas canonizaciones en la iglesia del Palmar de Troya. Mientras Lazarov triunfa en la televisión pública y única con su zoom mareante.Cantautores como Raimon, Joan Manel Serrat y Lluís Llach desde años atrás ejercen de profetas laicos e irreverentes de los nuevos tiempos. Sus recitales, pidiendo la amnistía, crean un clima de insurgencia.
     Algo empezaba a cambiar, pues 36 años después de su producción, El Gran Dictador se estrena en España, y los Rolling Stones son aclamados en Barcelona por 12.000 jóvenes. En aquellos días se sabía de qué escapábamos, pero no dónde llegaríamos. Jarcha, con el beatífico y conciliador himno electoral "Libertad sin ira", fue el símbolo de la irresistible ilusión de un pueblo súbitamente sabio que, después de todo, sólo quería vivir su vida, sin más mentiras y en paz.
     En Tarragona las fuerzas democráticas de izquierdas estaban integradas en la Asamblea de Catalunya, si bien el esfuerzo en las acciones propagandísticas y la presencia en las calles corría a cargo del PSUC y de CCOO. La Asamblea exigía amnistía, libertades democráticas fundamentales y derecho de autodeterminación, considerando al protagonismo popular como única vía para conseguirlos. 

El estrambótico papa Clemente
     Los hechos que relataré ocurrieron durante el mandato de Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno, un ejecutivo todavía franquista, en el que Manuel Fraga ostentaba la cartera de Interior.
      Yo era todavía un sujeto sin conciencia política, mostrándome indiferente a la muerte de Franco, y disfrutando de una plácida adolescencia, sólo preocupado en arrimarme a la jovencita de turno bailando el Jardín Prohibido.
     La tarde del 5 de marzo me encontraba jugando a fútbol sala en el patio del Instituto público Martí i Franquès. No había ningún tipo de vallado que protegiera al edificio, que casi en su mayor parte estaba rodeado de campo. Por el lateral que daba al río Francolí comenzaron a aparecer trabajadores de la refinería ataviados con su mono azul y casco –no les importaba ser reconocidos como tales-, acarreando con bolsas de plástico de los supermercados “spar” llenas de piedras tan grandes como puños. Todavía me pregunto cómo esas frágiles bolsas podían aguantar tanto peso. Los que intentaron alcanzar la ciudad por la avenida Andorra fueron recibidos por las porras de los grises, así que muchos cruzaron el río más abajo aún del hospital Juan XXIII, apareciendo con aires decididos por el instituto. 
      A uno de esos obreros lo conocía de Hospitalet de l’Infant, donde yo vivía. Era Angel Broto, que en paz descanse, una persona con principios, hijo del administrador de la Central Nuclear de Vandellós, quien fue expulsado de allí por negarse a cortarse la melena tal y como le obligó a hacerlo el director Carlos Fernández Palomero. Desde que lo ví pasar con bolsas llenas de pedruscos, Angel fue para mí un héroe, y no me importó servirle gratis todos los cubatas que –eso sí, con cierto descaro, pero con gracia- me pedía en la barra del pub Camel donde trabajé un verano.
     En la pista de balonmano del instituto se concentró un grupo de unos doscientos trabajadores y un piquete les dirigió unas palabras. Sólo recuerdo una, por ser nombrada de manera errónea:   “nuestras reindicaciones”, dijo. El caso es que preso de gran excitación seguí a los trabajadores del mono azul Rambla Nova arriba.
     La huelga que frenó los trabajos de construcción de la refinería se convocó para protestar por cinco muertes ocurridas dos días atrás en Vitoria. 
El alcalde de Tarragona, Esteve Banùs, y el
gobernador Agustín Castejón, en una demostración
de material antidisturbios (abril 1976)
     Trágicos sucesos en Vitoria
     Los trabajadores alaveses llevaban meses movilizándose para conseguir mejoras laborales pero también para acabar con el sindicato vertical franquista. El 3 de marzo la huelga en la capital alavesa es seguida por toda la población obrera. En la iglesia de San Francisco se realiza una gran asamblea de más de 4.000 personas. Hacia las 5 de la tarde la policía rodea la iglesia e impide salir a los de dentro y entrar a los de fuera, y lanza gases al interior. Según la gente va saliendo asustada y sin orden los policías van disparando, con un resultado estremecedor: 5 muertos y más de 100 heridos, 20 de ellos graves, todos por disparos de bala. Puro terrorismo de Estado.
     Dos días después, en los semáforos de entrada a Tarragona, las fuerzas especiales de la policía disolvieron la marcha de unos 1.200 trabajadores de la refinería, pero éstos, en grupos pequeños y de forma individual consiguieron atravesar las barreras policiales y alcanzar la Rambla Nova. Los piquetes cruzaron vehículos en la calzada e improvisaron barricadas. Pronto se pusieron a gritar “¡Vitoria, hermanos, nosotros no olvidamos! ¡Policía asesina!”. En el ambiente se intuía la llegada de la violencia.
     Por el centro de la Rambla, desde el monumento a los “Despullats”, aparecen varios Land Rover –lecheras, se llamaban entonces- llenos de grises, pero recibieron tal lluvia de pedruscos que enseguida recularon y desaparecieron. A los pocos minutos volvieron a aparecer, esta vez con las ventanas protegidas por rejillas metálicas. Se bajaron a la altura de la calle Hermanos Landa (actual carrer Unió) y persiguieron a un grupo que corrió calle abajo. Yo reculé y me quedé en un lateral de la Rambla, asustado ante tantas correrías. 
     Cuando me asomé por Hermanos Landa vi como varios grises metían a alguien en la parte trasera de una lechera. Se trataba de un joven que, según dijeron algunos "in situ", fue alcanzado por una bala de goma disparada por algún miembro de la policía cuando éste cruzaba de un balcón a otro, precipitándose al vacío. Un manifestante indignado, que vio como el manifestante caía, agarró una piedra y gritando con odio “¡hijos de puta!”, la lanzó con todas sus fuerzas contra el cristal de la Caja de Ahorros de Tarragona, sin hacer apenas mella en él. Otra imagen impregnada para siempre en mi retina. Qué duros son los cristales de los bancos. En la acera quedó un gran charco de sangre.
     La Rambla se llenó después de gases lacrimógenos y de policías antidisturbios, que entraban en todos los bares buscando trabajadores con monos azules. Esa tarde el centro de la ciudad adquirió un aspecto irreal, lleno de humo y de rabia contenida.
     La versión oficial franquista trató de criminalizar a Rodrigo Knajo justificando que su fallecimiento era consecuencia de un accidente. Al día siguiente, una nota insertada por el Gobierno Civil en el Diaro Español, todavía un medio leal al franquismo, explicaba que “uno de los alborotadores que se encontraba en la terraza del número 7 de la calle Hermanos Landa, arrojando piedras a la policía que actuaba en dicha vía, al percatarse de que había sido descubierto, pretendió huir atravesando la fachada del edificio número 9 por una pequeña cornisa existente en las ventanas del cuarto piso, perdiendo el equilibrio y precipitándose al vacío después de chocar en su caída con las líneas de alumbrado eléctrico”.
     Otra versión, menos creíble, aseguraba que Knajo se precipitó al suelo cuando intentaba escalar el edificio agarrándose a un tubo de desagüe.

     En el hospital no pudo ser identificado, por carecer de documentación, y nadie se interesó por él. Hasta que dos días después se supo su identidad, que tenía 19 años y era de Marruecos, que trabajaba en el montaje de la refinería por cuenta de la empresa Duro Felguera, y que sus padres vivían en Reus. Su delito, solidarizarse con las muertes de Vitoria. Sólo se supo con certeza que el joven subió a la terraza del número 7 de Hermanos Landa seguido por dos policías. Pues no hubo testigos de lo ocurrido allá arriba. Los familiares no pudieron ver el cadáver hasta días después de la autopsia.

La fotografa Pilar Aymerich captó con su cámara
los convulsos años de la Transición española

     Y se encontraron con dificultades para llevar el caso a los tribunales. Ningún grupo reconoció como militante a Knajo, si bien dos días después la Asamblea de Catalunya organizó un entierro al que asistieron unas 500 personas. Al día siguiente, lunes, "se habían repartido octavillas -según la información del Diario Español- invitando al comercio que cerrase sus puertas en señal de duelo, invitación que no fue atendida".
     La historia nunca es un caso cerrado. No todo está escrito sobre las políticas de orden público y la violencia acaecida durante la Transición. No hay mención escrita de aquellas personas que de manera institucional o voluntaria ejercieron la represión durante esos años, por indulgencia tal vez del propio represaliado.
     No es coincidencia que siempre busque la reconciliación a cambio del olvido quien ha sido en el litigio agresor y vencedor. 
    

Portada del diario oficial del régimen franquista
     Ante todo, no se puede olvidar la participación y el protagonismo de la clase trabajadora que tanto caracterizaron las huelgas y movilizaciones de aquellos años. Ni el precio que hubo que pagar: la vida de muchas personas inocentes. La Transición, pues, no representó la devolución del poder a su legítimo sujeto el pueblo –o los pueblos de España- con su plena soberanía e iniciativa. Tales generosidades no se suelen dar en la Historia, hay que arrancarlas. Por ello es injusto no reconocer el valor de los movimientos sociales que impulsaron la Transición. Podemos afirmar que la presión antifranquista posibilitó el cambio democrático, que nunca fue aquella fina obra de ingeniería política que luego se ha pretendido.
     En definitiva, la democracia no fue un regalo, se tuvo que pelear en la calle, con huelgas obreras, manifestaciones estudiantiles, acciones sindicales, en general con una movilización constante de los sectores progresistas y dinámicos de la nación española.
A causa de las dificultades enormes que hubo que superar por aquel entonces, con un Ejército receloso, una Iglesia arriscada y una oligarquía acampada sobre el Estado, la Transición desactivó el potencial creador e innovador que alentaba en gran parte de la izquierda, sepultándonos en la más normal mediocridad. Se frustraron, pues, las posibilidades que la izquierda abría para dotar a nuestro país de todo su empuje. Hay quien afirma que los recuerdos traumáticos de la guerra civil también resultaron determinantes para fijar las reglas de juego institucionales de la Transición.
     El hecho de haberse alcanzado una democracia moderna no legitima la violencia que se vivió en un proceso que -sin entrar a valorar el nivel de libertades conquistadas para el futuro- también nos dejó un reguero de encarcelados, apaleados, y más de 200 muertos. Y la sociedad no puede conformarse en el silencio ante los muertos que jalonaron la Transición de manera impune, pues la indiferencia o el olvido sepultan los hechos; cuanto menos, los minimiza o deforma.
     Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, en su libro “La conquista de la democracia en España, noviembre de 1975-junio de 1977”, rechazan la mitificación acrítica que se ha hecho de la Transición desde la atalaya conservadora. Para ambos, aquella etapa distó mucho de ser un tránsito sosegado y ejemplar; fue un movimiento convulso, a menudo caótico, a veces sangriento, siempre incierto (frente a la concepción de diseño de laboratorio). Cada manifestación tenía su muertito, que después ocupaba un pequeño rincón en las páginas de la prensa.
CADA MANIFESTACIÓN CON SU MUERTITO

     El mito de la transición pacífica gestionada por unos estadistas con dotes sobrenaturales se ha exagerado sobremanera. Las cifras aportadas por el investigador Sánchez Soler, en su libro "La transición sangrienta", hablan por sí solas: entre 1975 y 1983, se produjeron 591 muertes por violencia política (terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, guerra sucia y represión). Nada menos que 188 de los asesinados, los menos investigados, entran dentro de lo que el autor denomina violencia política de origen institucional. "Son los actos desplegados para mantener el orden establecido, los organizados, alentados o instrumentalizados por las instituciones del Estado".

     El político nacionalista vasco, Iñaki Anasagasti, mantiene que "la llamada Transición fue un momento histórico de violencia extrema, cargado de muerte, como demuestra la investigación de Sánches Soler con datos irrefutables". Asimismo, considera que "el silencio de la Transición oficial sobre esta cuestión supone, en la práctica, la continuación de la política de olvido aplicada a las víctimas de la guerra civil y la represión franquista. Son la sangre real de la Transición, su auténtico y elevado precio". 

Marcelino Camacho saliendo de la cárcel en 1976

     "Las víctimas de la violencia política -añade- mueren siempre dos veces: con su asesinato y con el olvido”.
     Muchos de los muertos y heridos en la calle tienen alrededor de 20 años. La violencia estatal, parapolicial y ultraderechista de la Transición se ceba, de modo especial, en los jóvenes que pelean por la ruptura democrática, golpea con saña a quienes intentan provocar un profundo corte histórico con el franquismo.      He aquí algunas de las víctimas inocentes del Estado todavía franquista:

1976
El 24 de febrero, el obrero Teófilo del Valle muere por disparos de la policía en una protesta de los trabajadores del calzado en Elda (Alicante). Conocido como el primer muerto de la democracia.
El 3 de marzo en Vitoria son abatidos cinco obreros por las fuerzas del orden, que participaban en una asamblea en la iglesia de San Francisco de Asís.
Celebración del 20-N de 1978:
el tirón del dictador es innegable
El 5 de marzo muere Rodrigo Knajo en Tarragona, tras caer de la cornisa de un edificio mientras huía de la policía, durante una manifestación contra los asesinatos de Vitoria.
El 23 de marzo un comando parapolicial ametralla a Tomás Pérez Revilla, en San Juan de Luz. Su esposa recibe diez disparos de bala.
El 9 de mayo Aniano Jiménez y Ricardo Pelejero, miembros del partido Carlista, mueren en Montejurra por disparos de terroristas de la ultraderecha.
El 8 de julio María Norma Menchaca, de 44 años, muere de un fatal disparo, de conocidos ultraderechistas, tras una manifestación pro amnistía en Santurce, en la que no había participado.
El 13 de agosto, mientras pintaba "pan, trabajo y libertad" en un muro, muere Francisco Javier Verdejo, de 19 años, en Almería. Sorprendido por la policía, huye a la playa y es alcanzado por un disparo.
 El 8 de septiembre en Fuenterrabía, muere el delineante de 24 años Jesús Mª Zabala, en el transcurso de una manifestación pro amnistía, por disparos de la Guardia Civil.
El 22 de septiembre en La Laguna (Tenerife) la policía mata por error al estudiante de 21 años, Bartolomé García Lorenzo. Los hechos transcurren durante el asalto a un domicilio en busca de un delincuente común.
El 27 de septiembre, en Madrid es asesinado el estudiante de psicología Carlos González Martínez, al toparse sin querer con una manifestación que conmemora el aniversario de los últimos fusilamientos firmados por Franco. Los disparos a sangre fría provienen de "Guerrilleros de Cristo Rey".
El 20 de diciembre fallece en un hospital de Madrid el joven Angel Almazán Luna, como consecuencia de los golpes recibidos de la policía, durante una manifestación a favor de la abstención en el referéndum de la Ley para la Reforma Política.
1977
El 9 de enero, en Sestao (Vizcaya), muere Juan Manuel Iglesias, de 16 años, a consecuencia de una insuficiencia cardiaca producida por el pánico. Varios miembros de la Policía Armada le siguen hasta el interior de un bar donde Juan Manuel intenta refugiarse, huyendo de una carga policial.
El 23 de enero, el estudiante Arturo Ruiz, de 19 años, muere de un disparo por un miembro de los guerrilleros de Cristo Rey, de los que ayudaban a la policía a reprimir las manifestaciones.. El crimen es reivindicado por la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista). Es lo que entonces se llamaban grupos de incontrolados.
 
El 24 de enero, la policía antidisturbios mata a la joven María Luz Najera, estudiante de sociología, por el impacto de un bote de humo en la cabeza, lanzado a bocajarro.
El mismo día 24: Matanza de la Calle de Atocha, en Madrid. Cinco abogados laboralistas de Comisiones Obreras y vinculados al PCE resultan muertos y cuatro más heridos. Reivindica los asesinatos la Triple A. Se detiene a militantes neofascistas y cuadros del antiguo sindicato vertical franquista vinculados con Fuerza Nueva.

El 24 de febrero, en Cartagena muere Pancho Egea, trabajador de la construcción, de 19 años, durante una manifestación conjunta de obreros de la construcción y del metal.
Recibe varios impactos de balas de goma, en la cabeza y el cuello.
El 13 de marzo en San Sebastián fallece José Luis Aristizabal Lasa, estudiante de 20 años. Espera dentro de su coche, con la ventanilla abierta, el paso de una manifestación pro amnistía cuando recibe un balazo de goma en la cabeza.

Ambiente en Barcelona en torno a un concierto de Lluís Llach

El 20 de marzo, en Barcelona, muere Angel Valentín Pérez, de 24 años, apuñalado por elementos ultraderechistas durante una manifestación en la plaza de Sant Jaume. Era obrero de la construcción y militante anarquista.
Durante el mes de mayo la semana pro-amnistía en Euskadi deja un reguero de cinco muertos. En Rentería, la Guardia Civil carga con sus jeeps contra los manifestantes, mientras dispara fuego real. Allí es gravemente herido de bala en el pecho Cándido Peña y cae muerto, tras recibir una ráfaga de subfusil, Rafael Gómez Jáuregui, de 68 años. En Pamplona, José Luis Cano Pérez, de 27 años, es rematado de un tiro en la nuca, efectuado a corta distancia por un cabo de la Policía Armada, después de haber sido apaleado y pisoteado por los policías.
El 11 de septiembre, durante la Diada de Catalunya, fallece el joven Carlos Gustavo Frechen Solana con la cabeza destrozada por una bala de goma de la policía.

Carrillo saluda a los familiares del joven Andrés
García, sesinado por ultras el 29 de abril de 1979
20 de septiembre de 1977: estalla en la redacción de la revista "El Papus" en Barcelona una bomba atribuida a la AAA. Muere el conserje Juan Peñalver Sandoval, y resultan heridas 17 personas más.
1978
15 de enero, Caso Scala: atentado con cócteles molotov contra la Sala de Fiestas “Scala”, de Barcelona, resultando muertas cuatro personas (Ramón Egea, Juan López, Diego Montoro y Bernabé Bravo, afiliados a la CNT) y en el que se intentó inculpar a las organizaciones anarquistas CNT y FAI.
El 13 mayo 1978 el anarquista Agustín Rueda Sierra es apaleado y asesinado por los funcionarios de la prisión de Carabanchel (Madrid), durante una sesión de torturas para que declarara respecto a la construcción de un túnel en dicha prisión para escapar de ella.
El 21 de abril, Elvira Parcelo Rodríguez, de 22 años, fallece a consecuencia del derrame cerebral provocado por los terribles golpes que recibe de la policía durante una manifestación de los trabajadores de la empresa Ascó (Astilleros y Construcciones).
El 8 de julio, durante los Sanfermines, la policía ataca a la multitud con fuego real, matando al joven militante trotskista Germán Rodríguez.
El 30 de octubre un comando de antiguos miembros de Fuerza Nueva envía un paquete bomba al diario El País, resultando muerto el conserje Andrés Fraguas e hiriendo de gravedad a otras dos personas.
1979
El 6 de marzo, Ursino Gallego, de 14 años, muere por el impacto de una bala de goma que dispara la policía durante el transcurso de una manifestación vecinal convocada bajo el lema de “¡Queremos agua!”.
20 de abril. En Madrid, funcionarios de la Brigada Central de Información matan al miembro del PCE (r) Juan Carlos Delgado de Codes. Le disparan por la espalda cuando sale, desarmado, de la estación de metro de Lavapiés.
El 3 de junio Gladis del Estal muere en Tudela. Le dispara un guardia civil mientras ella permanece sentada en el suelo, durante una concentración que se celebra con motivo del Día Internacional contra las Centrales Nucleares.
El 15 de julio fallece Salomé Alonso Varela, de 28 años, en el barrio madrileño de Malasaña, al explotar una bomba colocada por un grupo ultraderechista en el bar El Parnasillo.
El 13 de septiembre un grupo de jóvenes vinculados a Fuerza Nueva (FN) mata a golpes de bates de béisbol al estudiante José Luis Alcazo, sin filiación política, cuando paseaba por el parque del Retiro de Madrid. Se dieron cita allí para llevar a cabo lo que ellos llamaban “acciones de hostigamiento contra los rojos, drogadictos y homosexuales” que puedan encontrarse. Armados con palos, cadenas y bates de béisbol, en los que inscribieron “Viva el fascio redentor”.
El 13 de diciembre, en Madrid, tras una manifestación estudiantil contra la Ley de Autonomía Universitaria (LAU), mueren, a consecuencia de los disparos efectuados por la policía, los estudiantes José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez.
1980
En la madrugada del 1 al 2 de febrero de 1980, la militante del PST y de CCOO, y dirigente del movimiento estudiantil, Yolanda González, es secuestrada y asesinada por miembros de la extrema derecha vinculados a Fuerza Nueva y el Batallón Vasco Español. Los criminales tenían vínculos con los aparatos policiales (Guardia Civil y Policía Nacional) y con miembros del Ejercito.
El 28 de marzo, frente al cine Azul, en la Gran Vía madrileña, un grupo de extrema derecha apalea y apuñala a Jorge Caballero Sánchez, de 21 años, que muere quince días después. Por llevar una insignia con la A dentro de un círculo, el símbolo anarquista.
El 1 de mayo es asesinado por el grupo Primera Línea de FN en Madrid Arturo Pajuelo Rubio, dirigente de las Asociaciones de Vecinos de Orcasitas. Los fascistas agreden a Arturo sin gritos previos ni insultos. Uno o dos individuos le sujetan por la espalda mientras otro le clava nueve veces un machete.
30 de noviembre. En Barcelona, el jefe comarcal de Fuerza Nueva en el Maresme, Salvador Durán, es inculpado del doble asesinato de Juan Acaso y José Muñoz, a quienes confundió, según sus propias declaraciones, con miembros del Ateneo Libertario de Mataró. Las muertes se produjeron durante una operación de “escarmiento” que, según las declaraciones de Durán, le fue encargada por mandos policiales y de la Guardia Civil. Las armas del crimen le fueron facilitadas por guardias civiles.
1981
El 10 de mayo de 1981, el Caso Almería: aparecen tres cuerpos abrasados dentro de un Ford Fiesta, en un barranco de la carretera de Gérgal. El informe de la Guardia Civil señala que eran "tres etarras, que habían intentado huir, responsables del atentado contra el General Valenzuela", pero sólo se trataba de tres ciudadanos que se dirigían desde Santander, donde residían, a Pechina (Almería) a una comunión. Fueron salvajemente torturados, descuartizados sus cuerpos, metidos de nuevo en el vehículo en el que viajaban, ametrallado el mismo y prendido fuego después, luego de haber sido despeñado. La película “El caso Almería” (1983), del director Pedro Costa, es casi el único homenaje digno que hasta el día de hoy se les ha realizado desde la izquierda.

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     Todas estas víctimas forman parte de la memoria de militantes individuales de la izquierda, pero apenas de los partidos, y en absoluto de la sociedad española. La monocorde historiografía de la Transición no se ha ocupado de ellas.
El abogado Juan Manuel Olarieta, en su estudio “Transición y represión política”, afirma que “la mayor parte de la muertes provocadas en este periodo por la policía quedaron impunes. La comparación con la última época de Franco deja constancia de que el número de víctimas es mucho mayor en la nueva etapa, poniendo al descubierto la falacia de una “transición pacífica”.
     Estas muertes no fueron simple consecuencia de unos exaltados fascistas que no aceptaban el paso a la democracia. El papel de las bandas fascistas y de los aparatos de inteligencia del Estado en esos años no fue otro que el de frenar cualquier intento que pudiera darse desde la izquierda radical de llegar lejos en su ruptura con el franquismo.
Hay quien considera que la izquierda oficial que colaboró en la Transición, claudicante y pactista, practicó una lobotomía política sobre la sociedad española, impidiendo que se realice un examen crítico respecto a esos “años de plomo”, que se revise qué fue lo pactado entonces, que se conozcan los límites de hasta dónde nos estaba permitido llegar a los españoles, y cuáles han sido las consecuencias, a día de hoy, de esa amnesia colectiva que ha impedido revisar nuestro pasado inmediato y colocarlo en el banquillo de los acusados.

Aclaración: No se han citado los atentados de la extrema derecha y de los aparatos policiales del tardofranquismo en Euskadi. Sólo entre octubre de 1975 y junio de 1981, por limitarlos a la Transición, y sin entrar en el caso GAL, más tardío y que merece tratamiento aparte, el listado es estremecedor. A esta relación de asesinatos habría que añadir los nombres de numerosos muertos en controles de carretera, sobre todo en el País Vasco, víctimas de policías y guardias civiles de gatillo rápido, acostumbrados a aplicar la ley de fugas a cualquier conductor despistado o asustado.