EL MECHERO BUNSEN
 "Tintín en el Congo"
(Preámbulo)
 
     En octubre de 2009 se celebró un juicio, promovido por el estudiante congoleño en Bélgica, Mbutu Mondondo Bienvenu, contra la sociedad Moulinsart por gestionar los derechos del cómic “Tintín en el Congo”, del dibujante belga Hergé, al asegurar que utilizaba un lenguaje racista. El joven estudiante de Ciencias Políticas consideró que “ni los niños belgas ni los congoleños deben estar expuestos a esto. Es propaganda para la colonización”.

     En su opinión, se trata de caricaturas que "difunden ideas basadas en la superioridad racial".     Por su parte, Casterman, la sociedad gestora de los derechos de "Tintín en el Congo", arguyó que se trata de una obra de ficción y que hay que juzgarla en su contexto, ya que se escribió hace más de 70 años. 
     Georges Rémi "Hergé", tuvo amistades peligrosas con los ocupantes nazis, entre ellos, el periodista Léon Degrelle, que acabaría siendo uno de los líderes del nazismo en su versión belga. 

Mnutu Mondondo Bienvenu en el juicio contra el cómic

      
     “Tintín en el Congo” puede verse, en efecto, como el documento de una época, principios del siglo XX, en la que Bélgica era aún una potencia colonial. Es absurdo intentar comprender obras del pasado con valores actuales, y es preciso por ello hacer desde el presente un esfuerzo de adaptación para comprender obras producto de otras épocas. De lo contrario, deberían prohibirse la Ilíada y la Odisea, por incitación a la guerra. O La República, de Platón, por totalitaria. O toda la obra de Bukowski, por machista.
     Pero ello no representa una patente de corso para la exhibición, propaganda o apología de esas antiguas concepciones y comportamientos. En la esencia de la evolución y el progreso humano se halla la capacidad de criticar, corregir, minimizar, u obviar en lo posible, todas aquellas manifestaciones incompatibles con una sociedad moderna. De lo contrario, todavía se estarían celebrando espectáculos de gladiadores, o juicios inquisitoriales, o permitiéndose la esclavitud...

Viñetas del comic de Tintín
     Curiosamente, siempre es el sector del arco político más cercano a posiciones racistas -me refiero a la derecha, al conservadurismo- quien sostiene este tipo de argumentos exculpatorios y permisivos. Ayer mismo, David Gistau en su columna del diario El Mundo (4/10/2011), hablaba de la polémica sobre el cómic Tintín en el Congo, y llegaba a decir de los primeros álbumes de Tintín "son necesarios para comprender el increíble viaje interior de Hergé, su sofisticación intelectual, su epifanía de la curiosidad (...)". Y continua: "Es difícil imaginar a un portador de valores más excelente que Tintín (...). Su paso por el Congo sólo refleja los entrañables bocetos de una formidable aventura...".
     A raíz de la noticia del juicio al cómic Tintín en el Congo, Bunsen recuerda el penoso asunto del negro de Banyoles y la agria lucha de un solo hombre por recuperar la dignidad de un ser anónimo, agraviado durante décadas.

ALPHONSE ARCELÍN
(Semblanza)
     Alphonse Arcelín, un médico de origen haitiano que vivía en Cambrils, supo de la existencia de un bosquimano disecado que se exhibía en el Museo Darder de Historia Natural de Banyoles (Girona). Mostró su indignación por la exhibición de un ser humano como si fuera un animal, y exigió la retirada del bosquimano de la vitrina. Muchos vecinos de Banyoles vieron en la movilización de Arcelín una campaña contra una de las señas de identidad de la población y se resistieron a la retirada del negro disecado.
     La denuncia de Arcelín dió la vuelta al mundo, pero éste hubo de enfrentarse al ayuntamiento de la localidad catalana, que intentó por todos los medios retener al que llamaban cariñosamente el negret. La ONU y toda Africa se movilizó, hasta que el guerrero africano fue repatriado y enterrado en Botsuana en 2007 con rango de héroe.
     En agosto de 2009 moría Arcelín en Cuba, donde residía por motivos personales, probablemente a causa de un infarto.

      Nacido en 1936 en Miragoane (Haití), Alphonse Arcelín realizó estudios de medicina en España, fue concejal socialista de Cambrils durante cuatro años (1999-2003), militante del PSC desde 1983 y masón.
    Su lucha por conseguir la repatriación del negro de Banyoles le dió fama internacional, pero la Justicia española le obligó a pagar las costas -unos 114.000 euros- por perder en dos instancias diferentes su demanda de indemnización económica. Sus esfuerzos por devolver la dignidad al bosquimano le consumieron demasiadas energías.

Vista de lago Banyoles (Girona)

     Se fue de España porque estaba harto de las consecuencias de su lucha, y por verse incapaz de seguir soportando el coste económico que le estaba suponiendo. Se sentía solo y decepcionado con muchos políticos que le habían apoyado cuando era objeto de interés mundial. Ganó su guerra contra un cierto racismo larvado que perduraba hace tan solo 20 años -quizá existe hoy día- pero hubo de pagar un precio muy alto.

LOS ORÍGENES DEL ESCÁNDALO
     En noviembre de 1991, a menos de un año de la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, Alfonso Arcelín instó al Ayuntamiento de Banyoles a que retirara el hombre disecado de raza negra que se exponía en el Museo Darder de la ciudad del lago.
   
 De no cumplirse su petición, amenazó con llamar a los países africanos para boicotear la localidad gerundense como la subsede de remo olímpico. Una indiscreción del propio ayuntamiento hizo que esa petición llegara a oídos de la prensa y estalló una polémica que duró años. 
 El médico haitiano Alphonse Arcelín
     Arcelín puso el grito en el cielo cuando supo de la existencia del cuerpo disecado exhibido en el museo Darder. No concebía que en una subsede olímpica, donde acudirían gentes de todos los países y de todas las razas, se exhibiera un ejemplar de raza humana. “Es denigrante y anticonstitucional”, se quejaba, dejando claro desde el principio que no era una cuestión política: “Yo soy negro y me siento insultado”.
     Saltó entonces a la palestra el alcalde de Banyoles, Juan Solana, militante socialista igual que Arcelín, quien en un principio reconoció que era contrario a su exhibición. Solana se vió conminado a elaborar un informe técnico para responder al médico, dado que el Museo Darder, de titularidad pública, era gestionado por el ayuntamiento.
     La ciudad se mostró dividida respecto al destino del hombre disecado, un individuo –se decía en las primeras noticias de prensa- “procedente de la tribu bechuana, que vive en las montañas del Kilimanjaro (Tanzania)”.
     Los defensores de su exhibición argumentaban que el africano disecado respondía al concepto de museo de historia imperante en el siglo XIX, y que el asunto debía contemplarse desde esa perspectiva.     
Barcelona no puede oponerse a todo un
 continente que se siente insultado”  (Arcelín)

     Arcelín consideraba que no puede calificarse de cultural la exposición de un hombre “disecado como un animal”, salvo en la “doctrina nazi”. Enseguida comprobó que iba a ganarse muchos enemigos, como el conocido periodista barcelonés Ramón Barnils, que firmaba un artículo denigratorio contra su persona en el semanario Presència, publicado sólo un mes después de iniciarse la polémica.
     Desde que inició su campaña, Arcelín recibió muchos insultos y algunas amenazas. Pero no le faltaban argumentos para rebatir las falacias y la demagogia de los contrarios a la retirada del negro de la vitrina. Decía el médico que profanaron la tumba del bechuana con nocturnidad y alevosía. "Lo cual ya me parece un crimen injustificable. Ningún hombre blanco hubiera sido expuesto de la misma manera”.
     También negaba, rotundo, que la exposición pudiera escudarse bajo pretextos cientifistas, matizando que el guerrero bosquimano fue disecado con técnicas de taxidermista. “No es una momificación como algunos quieren hacer creer, está expuesto como un trofeo de caza, como un ejemplar, como si fuera un zorro plateado y no un ser humano”.

 El GABINETE DEL DOCTOR DARDER
     
     Expuesto al público desde 1916, el bechuana disecado fue llevado a Banyoles por el biólogo Francesc Darder, quien lo compró en la Exposición Universal de Barcelona en 1888.
Según el punto de vista que se adopte, Darder se aproxima más a un Pasteur o a un Frankestein. Como el primero, muestra una faceta de científico empírico y emprendedor, preocupado por el bien de la Humanidad. Como el segundo, quiso ir más allá de lo aceptado y evidenció, desde una perspectiva contemporánea, un discutible gusto por lo extraño.
     En esta relación cotidiana de Darder con la muerte ¿Hay que ver sólo un rasgo profesional, o intuir detrás algo más profundo e inquietante? Su familia se sentía dolida porque, decía, se había popularizado una visión “simplista” del caso, y enseguida se popularizó el apelativo de doctor Dardenstein.
     La biografía del discutido naturalista arroja datos fascinantes y menos esotéricos, como el de que se llevaba leones a casa o que condujo al elefante Avi a Barcelona caminando desde Génova, porque no se lo quisieron admitir en el tren.
Se dice de Darder que, en su etapa como director del zoológico barcelonés, los animales del parque le reconocían y se alborotaban con su llegada, metiéndose incluso en las jaulas de los felinos.
     Francisco de Asís Darder, hijo de veterinario, nació el 2 de octubre de 1851. Realizó los mismos estudios que su padre y también taxidermia, añadiendo al negocio familiar un comercio de animales disecados que suministraba a instituciones educativas.
     Además de destacado naturalista, tuvo tiempo para viajar, enseñar Zoología, fundar el Parque Zoológico y el Museo Zootécnico de Barcelona –fue pionero en esta materia-, crear sendos gabinetes de Ictiología en Barcelona y Banyoles, dirigir revistas de Ciencias Naturales y escribir monografías como Hidrofobia (1876) o Cría industrial de la trucha (1913). También se dedicó a actividades como la repoblación piscícola de ríos o la pedagogía del esquile de ocas.
     Pero no se sabe bien porqué se puso a coleccionar cosas como cráneos deformados, cuellos uterinos con manifestaciones patológicas o mascarillas de cera de personas carcomidas por la sífilis.
     Darder se hubiera quedado estupefacto de ver todo el trastorno que causarían a finales del siglo XX los restos disecados del bosquimano del Africa Austral. Al fin y al cabo, lo único que hizo fue comprarle estos restos a un comerciante de curiosidades africanas francés y ponerlos en el museo como se hacía en esa época, en todas las grandes capitales del mundo, con todo tipo de momias y órganos humanos con malformaciones. Darder y sus contemporáneos creían honestamente que eso era esclarecedor y, por lo tanto, científico. Para ellos, no había relación entre el respeto a la dignidad humana y aquellas momias y órganos que no tenían otra entidad que la de ejemplos de la caprichosa variedad de la naturaleza.

                        LOS HERMANOS VERREAUX

     Según confesó el propio Darder, el individuo que consiguió el cuerpo del africano se llamaba Édouard Verreaux, quien robó de su tumba el cadáver del bechuano la misma noche de su entierro, lo llevó a Ciudad de El Cabo (Sudádrica), lo disecó y lo remitió a París. Erudito en aves, Édouard Verreaux representó una suerte de Indiana Jones de la taxidermia. Nacido en París en 1810, era hijo de un comerciante de objetos relacionados con la Ciencia Natural. Inducido al estudio de la Naturaleza por el ambiente familiar, en 1829 se embarcó para el Cabo de Buena Esperanza.  

A la izq. Jules Verreaux; a la dcha, Francesc Darder
 

 

 
     Allí le reclamaba su hermano Jules para que le ayudara a crear un centro científico destinado a surtir el establecimiento familiar de París.

     Los Verreaux se ganaban a los nativos con bisuterías y alcohol barato, y gracias a su coraje y habilidad, en situaciones entre la vida y la muerte, reunieron en poco tiempo gran cantidad de objetos de los tres reinos animales.
     En uno de sus viajes se hicieron con el cuerpo del bechuano.
Una de las piezas de los hermanos Verreaux
 

BOSQUIMAN

     En su libro Vidas Ejemplares (Espasa Calpe), Rafael Torres hacía una semblanza del que bautizó como Bosquimán, por ser, pensaba, más decente y respetuoso que el de “individuo disecado”, que constaba en la desvaída etiqueta de la vitrina donde se exhibía. El escritor lo definió así:
     No se sabía su lugar de nacimiento y muerte. Pudo haber sido un tipo importante, ya que fue sepultado y embalsamado. Un estudio realizado en 1993 concluyó que el bosquimano falleció a los 27 años “víctima de una enfermedad pulmonar crónica”.
     En 1831, los especímenes recogidos por los Verreaux fueron expuestos en París, en las galerías del barón Delessert, causando gran impresión en el mundo científico. Pero entre ellos no estaba el africano disecado. ¿Lo escondían por considerar que no era exhibible? Lo cierto es que del periodo entre la probable obtención del cuerpo del guerrero en 1830 y su aparición pública en 1888, en la colección del biólogo catalán Darder, no se sabe nada a ciencia cierta.  
 
EL PROCESO
     Pocos meses después de la denuncia de Alfonso Arcelín, el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch, le enviaba una carta en la que se comprometía a estudiar el asunto.
     El médico haitiano siguió con sus acciones de protesta como buen militante político (ingresó en el PSC en 1983 y era secretario de organización de la agrupación local). Una de ellas consistió en informar de la existencia del bosquimano disecado a los alcaldes de Nueva York, Atlanta y Washington, todos ellos negros, con los que debía entrevistarse el alcalde Pascual Maragall.
     Arcelín se propuso arremeter contra todo aquello que alimentara los prejuicios raciales. Por ejemplo, en una carta publicada en el Diari de Tarragona en noviembre de 1992, denunciaba “el racismo latente del Sr. Alfonso Arús y de su equipo”, en referencia a un sketch de un programa de humor donde se presentaba a “tres blancos ennegrecidos con betún, un gran círculo rojo alrededor de los labios y un hueso en los pelos, gritando delante de una olla con una mujer blanca dentro”.
      Por esas fechas, el cónsul general de Nigeria convocaba una reunión con diplomáticos de países africanos acreditados en Madrid para elaborar una estrategia común sobre el negro de Banyoles, y el COI, presionado, volvió a pedir al ayuntamiento la retirada provisional de la vitrina del cuerpo del jefe bechuana, al menos durante la celebración de los Juegos.
     Se propuso, entonces, llevar a restaurar al negro disecado hasta que finalizasen las Olimpiadas, pero el alcalde de Banyoles, Joan Solana, seguía negándose a toda iniciativa que hiciera mover al negro de su vitrina. Éste mantenía que el guerrero bechuana era la pieza fundamental del museo Darder. 

 

       ”Banyoles no tiene un cuerpo humano disecado en la plaza mayor o en un circo, sino en la Sala del Hombre del Museo Darder de Historia Natural”, decía Solana. Retirar al indígena de la vitrina, exclamaba, “representaría el triunfo de la Inquisición sobre la razón”.
     Solana proclamaba también “el interés excepcional” del museo como “forma de entender a un tiempo la percepción científica y artística en el siglo XIX”, citando otros museos europeos que también reproducen el concepto de un gabinete científico del siglo XIX. 

 

El alcalde de Banyoles defendiendo la exhibición del bechuana

     Con la diferencia de que éstos no tienen ningún hombre disecado.Aparecieron productos con la imagen del guerrero bechuana y se acuñaron frases como Banyoles te quiere, quédate. Llegaron a convocarse manifestaciones a favor de la exhibición pública del bechuana. El merchandising iba a funcionar bien en los próximos años con camisetas, pins, postales y hasta productos de confitería. El ayuntamiento también se defendía con el argumento de que ése no era un caso exclusivo de la ciudad del lago. Pero ninguno de los ejemplos de museos europeos expuestos por el alcalde era comparable a la exhibición de un ser humano disecado por el proceso de taxidermia, usado por lo general para la conservación de animales.El hombre de Grauballe, del Museo Arqueológico de Moesgard (Dinamarca), o el niño de Quilakitsok, del Museo de Nuuk (Groenlandia), son cadáveres humanos que han quedado disecados por un proceso natural a causa de la turba en el primer caso, y del frío y el hielo en el segundo.

El negro, pieza fundamental del museo
     En ningún caso fueron manipulados para su conservación, a diferencia del negro del Museo Darder, a quien se abrió en canal, se le arrancó la piel y se le rellenó con un material compuesto de paja y alambre.
     Otros ejemplos esgrimidos por el ayuntamiento eran las momias egipcias del museo de L’Orient Bíblic, en Monserrat, y la de Ramsés II que se conserva en el Museo Nacional de El Cairo, pero el componente cultural de la momificación, como muestra de las técnicas y rituales funerarios utilizados por sociedades ancestrales, lo aleja de lo efectuado con el negro de Darder.
     Según declaró Arcelín años más tarde, el Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, le conminó a no airear el asunto, a dejar pasar los Juegos Olímpicos. Como contrapartida, su gobierno buscaría una solución al conflicto.
     Pero Arcelín no pudo conseguir la retirada del negro de la vitrina antes de los juegos, a pesar de las presiones del COI y las amenazas de boicoteo olímpico de algunos países africanos.
     Llegaron los Juegos y... silencio. La Generalitat se limitó a decir que no podía entrometerse en unas competencias de carácter municipal. El Museo, paradógicamente, obtuvo un fuerte incremento de sus ingresos por visitas.
     El poder de un ayuntamiento parecía estar por encima del poder de una nación. Al parecer, el gobierno central o el autonómico no tenían en aquellos años la suficiente autoridad como para obligar a un pequeño municipio a corregir actuaciones reprobables.
     En junio de 1993, el negro de Banyoles volvía con una rocambolesca acción a ocupar titulares en la prensa. Una noche de domingo, el cuerpo disecado se trasladó con la más absoluta reserva al hospital Josep Trueta de Girona, donde un equipo de médicos y especialistas procedieron, al parecer, a su estudio. El cuerpo fue colocado en la sala del TAC (Tomografía Axial Computerizada), una técnica sofisticada de rayos X que permite tener imágenes estáticas de la estructura. No se supo nada más de esta extraña actuación.
Años de impasse
 
     Tras los Juegos, Arcelín no se rindió y prosiguió sus contactos con organizaciones internacionales y países africanos, lo que acarreó que en 1994 y 1995 el consistorio de Banyoles tuviera que responder sobre el indígena ante la UNESCO, el Ministerio de Asuntos Exteriores español, el Departament de Cultura de la Generalitat y el Síndic de Greuges.
     Por esas fechas, un amigo envió a Arcelín el recorte del artículo El Negre de Cambrils que el periodista Barnils escribió tres años antes. Cuando Arcelín lo leyó por primera vez se sintió enormemente “injuriado y calumniado”, presentando una denuncia en noviembre de 1994.
     Solicitaba una rectificación pública del demandado y una compensación por los daños morales y sociales causados. Dos años después, en junio de 1996, se admitía a trámite su demanda contra el periodista, notándose en el escrito judicial que “no cabe concebir otra cosa que la intención vejatoria del demandado(...)”.
     Entre otras lindezas, el articulista vomitaba frases tales como: “Tanto hablar del negro de Banyoles, ¿quién se ocupa del negro de Cambrils?”. O también: “Que Dios...no nos exponga a la defensa de un pácaru como el negro de Cambrils: con amigos como éstos, al negro de Banyoles no le hacen falta enemigos”.
     Otra frase de carácter más personal, en forma de noticia, decía: “Médico, sustituye al pediatra en la blanca ciudad marinera de Cambrils pero lo tiene que dejar correr: los niños no quieren hacerse visitar porque les da miedo”.
     Decía el médico de Cambrils no comprender cómo alguien que no le conocía era capaz de escribir algo así. “Además de racista, es todo mentira y una calumnia contra mi persona. Es incomprensible”.
A la izquierda, "caganers" del negro realizados por una empresa de Barcelona.
A la derecha, J. Pujol y J. Camprodon, Obispo de Girona: se lavaron las manos en este asunto.
     No fueron éstos los únicos exabruptos durante el largo proceso de reparación del negro de Banyoles, por parte de periodistas, intelectuales y políticos. Frases ambigüas, dobles sentidos, chanzas. Se daban apoyos a su repatriación, pero acompañados de puntillas irónicas.
     Se alzaron voces reticentes a la repatriación, incluso desde la propia Iglesia. El obispo de Girona, Jaume Camprodon, ironizaba sobre el guerrero disecado, expresando que debería hacerse lo mismo con todos los restos humanos que se exhiben en todos los museos del mundo.
     Desde el ámbito de la política, el delegado del Departament de Cultura de la Generalitat en Girona, Joan Domènec, partidario aparentemente de la repatriación, con ironía recomendaba a las autoridades políticas que se preocuparan más de los negros vivos que de los muertos.

     En este sentido también se manifestaba el periodista Antonio Galeote, en octubre de 2000, y enumeraba casos de racismo en la sociedad del momento:
     - Incendio en Banyoles, en el verano del 99, de la vivienda de una familia de inmigrantes de Gambia, que provocó varios heridos.
     - Por las mismas fechas, el intento de quema de una mezquita en la ciudad de Girona.
     - El brote racista contra los inmigrantes marroquís en el barrio de   Ca n’Anglada de Terrassa.
     - Incidentes graves contra magrebíes temporeros en comarcas de Lleida.

Vitrina del bechuana rodeada de calaveras

- El caso abyecto de la muerte de un joven magrebí, casado con una española, asesinado fríamente y sin motivo de un tiro en la cabeza cuando andaba tranquilamente por la calle Aribau de Barcelona.
Para sentenciar luego, respecto al negro de Banyoles, que “esta sociedad tal vez haría mejor en ocuparse de los africanos vivos en vez de dedicarse a repatriar momias en pleno papanatismo de lo políticamente correcto”.
 Tenemos que llegar a octubre de 1996 para que el Gobierno de Jose María Aznar presione al Departament de Cultura de la Generalitat y éste intervenga en la polémica con el fin de retirar al indígena de la vitrina.
     Petición que no fue voluntad propia del Gobierno, sino más bien forzada, entre otros, por el Gobierno de Senegal, que anunció la posibilidad de presentar el caso ante la Organización para la Unidad Africana (OUA) y, posteriormente, ante las Naciones Unidas.

                  DIAS DE QUERELLAS

Arriba, museo Darder; abajo catálogo
     Arcelín, por su parte, se sintió esperanzado tras el apoyo a su campaña que recibió de 232 delegados en el Congreso del PSC de ese año, si bien, incomprensiblemente, no se le permitió subir al estrado a hablar. Pero Arcelín no desfallecía, y a finales de 1996 interponía una querella contra el alcalde de la ciudad del lago, Joan Solana, basada en la exhibición del bosquimano disecado.
     Arcelín preguntaba: “¿Qué piensa el alcalde sobre la resolución de noviembre de 1992 de su propio partido (PSC), en la que se pedía la retirada del guerrero de raza negra, y en la que se comparaba la exposición con los métodos y experimentos realizados por los doctores nazis en la Alemania Hitleriana?”
     Al iniciarse febrero del 97, el médico de Cambrils presentaba en Girona otra demanda de protección del derecho al honor contra el Ayuntamiento de Banyoles, reclamando 200 millones de pesetas, que se destinarían caso de ganar el juicio, a organizaciones humanitarias y a la repatriación del africano disecado a su país de origen, Botswana.
También cargó contra el Consistorio por haber usado la figura como elemento anunciador del Carnaval de ese año. En el cartel se veía una persona negra en camiseta con una leyenda: Banyoles Cacau. Un nuevo producto energético importado del África tropical.
     El médico aludió al artículo diez de la Constitución Española, sobre la dignidad de la persona humana. “Nuestro Estado de derecho no puede permitir la indignidad y la exhibición de un ser humano”. En otra muestra de, como mínimo mal gusto, una empresa de Barcelona llegó a fabricar un caganer del negro de Banyoles. “Nosotros pensamos que hacer un caganer del negro de Darder es igual de respetuoso que hacerlo de un Bombero o de un Mosso d’Esquadra”, dijo uno de los responsables, Josep Maria Alór. 

     El litigio iba camino de convertirse en un serio conflicto diplomático. La polémica sobre la exhibición del indígena podía comportar a España problemas con países considerados amigos. Finalmente, el Gobierno del Senegal se decidió encabezar una condena en el Congreso de la OUA. El paso siguiente sería llevar el caso a la ONU, donde su nuevo secretario, Kofi Annan, ya se había pronunciado, en una carta enviada al propio Arcelín en 1993, en contra de la exhibición del africano disecado, calificando la misma como “repugnante”.
     En una entrevista al diario El Mundo, el médico de Cambrils hacía responsable de hechos como la exhibición del bosquimano a las políticas occidentales de apoyo a dictaduras que, según él, empobrecen a la población africana.
     “Una responsabilidad más es la retirada del bosquimano. Su exhibición, al fin y al cabo, no es más que una consecuencia de la pasada política europea y norteamericana en África. Pero es, tal vez, más humillante y sangrante, por su carácter de exposición”.

Kofi Annan, secretario general de la ONU
calificó la exhibición como repugnante
     Mientras se estaba a la espera de un dictamen de la UNESCO sobre el destino de los restos del guerrero bosquimano, que debía sentar cátedra mundial sobre la exposición pública de restos humanos, aparecieron en los medios de comunicación personajes patéticos como Salvador Euras, un abogado de Vendrell que se ofrecía para sustituir al bosquimano, para que, una vez muerto, lo disecaran y exhibieran al público en la misma vitrina que contenía el guerrero africano.
     Éste argumentaba que estar expuesto en un museo “no denigra a las personas; al contrario, es un honor tener alguna relevancia para estar expuesto en un museo”. En el paroxismo de la idiotez y la inquina humana, el abogado sugería la posibilidad de ser un ejemplar de Homus vendrellensis.
Aprovechando el tirón mediático, también se dieron a conocer en Albacete los descendientes de Segundo Roldán, quien fue guillotinado en 1876 en el pueblo francés de Pradés, acusado de matar a un abad. Sus restos fueron al Museo de Historia Natural de Perpignan, como “muestra antropológica” de un feroz criminal del siglo XIX. Alli siguen 120 años después. Sus descendientes reclamaban al museo que les devolvieran a su pariente.
     Anécdotas aparte, Arcelín consiguió que todos los museos del mundo estuvieran pendientes de Banyoles, ya que la decisión que tomara la UNESCO podría ser –como la Ley Bossman en el fútbol- una norma que afectara a todos.
     La Asociación de Museólogos de Cataluña mantenía que el negro disecado tenía un valor museístico y patrimonial, y que no se podía plantear, bajo ningún concepto, su “destrucción”. Y desde el Ayuntamiento se insistía en que la exhibición del hombre negro de ningún modo constituía un problema de racismo. Arcelín seguía defendiendo a su guerrero bosquimano en una agria lucha, emotiva, preñada de tristeza, que supo expresar con estos versos:
     Curiosamente, fue un español, Federico Mayor Zaragoza, Secretario general de la UNESCO, quien declarara que no tenía ningún interés científico conservar el cadáver disecado del guerrero bosquimano, y reclamara al ayuntamiento su retirada de la exposición pública. El alcalde de Banyoles acató el dictamen, aunque lamentó que la polémica se resolviera desde un punto de vista estrictamente “político”. 
El guerrero abandona la vitrina
     Por fín, las férreas murallas de la intolerancia y el racismo se requebrajaban. Presionado también por Abel Matutes, a la sazón ministro español de Exteriores, el alcalde de Banyoles anunció, el 3 de marzo de 1997, que cerraría la Sala de l’Home del Museu Darder.
     La reconsideración del alcalde parecía una victoria importante para Alphonse Arcelín, pero Joan Solana matizaba que la propuesta era sólo cerrar de forma temporal la sala donde se exhibía el cuerpo del bosquimano.
     Pero el primero exigía también la repatriación de cuerpo del indígena y la ofrenda de un entierro digno en su lugar de origen. Había ganado una batalla, pero no la guerra. La cruzada moral no había llegado todavía a su fin.
     Solana ironizaba sobre las pretensiones de su antagonista acerca del futuro del cuerpo del guerrero: “Que nos diga él a qué país pertenecía, porque ni los expertos son capaces de definirlo”. 

     
     Tres días después se desmontó la Sala del Hombre del Museo Darder y se guardó la figura del negro disecado en el almacén. Pero la jueza Isabel Soler, titular del juzgado de instrucción número 1 de Girona, se declaraba incompetente para determinar el futuro del bosquimano, argumentando que el museo era de titularidad municipal y que su Juzgado no era competente.

     El Juzgado, pues, se inhibía y rechazaba todas las peticiones de Arcelín, alegando que una demanda contra una administración como un ayuntamiento debía resolverse por la vía de lo contencioso-administrativo, y no por la vía civil en la que actuaba la jueza. El proceso entró en una etapa kafkiana, y el querellante se vió obligado a pagar las costas judiciales al considerar la Audiencia que se equivocó al elegir la vía civil.
     Mientras tanto, durante casi tres años más, el negro de Banyoles siguió oculto en el almacén del Museo Darder.

Curioso: una vitrina vacía es noticia
     Hasta que en enero del 2000, con un nuevo alcalde al frente del Consistorio, Pere Bosch (ERC), se iba a dar el primer paso para conseguir zanjar el capítulo más penoso de la historia de la ciudad.
     Uno de los argumentos para entender ese cambio de actitud era que el guerrero disecado no se podría exhibir nunca más, y ya no tenía sentido insistir en que debía quedarse en la ciudad del lago. Además, Banyoles no podía por más tiempo mantener la imagen de una ciudad racista. 
Se acuerda la repatriación
     A principios de febrero del 2000, todos grupos políticos del ayuntamiento de Banyoles acordaron la repatriación a Botswana del negro disecado, una decisión que originó aún más polémica en la población, que seguía contraria a la repatriación. Arcelín declaraba apesadumbrado que “en Banyoles se me odia y eso, a veces, da miedo, pero creo que es por culpa de los gobernantes”.
     La Asociación Amigos de los Museus de Banyoles, en otra vuelta de tuerca desesperada, envió una instancia a la Generalitat en la que solicitaba que el bosquimano y el resto de la colección del taxidermista Darder fuera declarada de interés nacional.
    Pero la lucha de Arcelín por la dignidad del guerrero bosquimano, tras nueve años de sinsabores, estaba dando sus frutos. El gobierno español se comprometió a hacerse cargo de todos los gastos de la repatriación ante los representantes de los 65 países que formaban la Organización para la Unidad Africana. 
Este organismo y representantes de Botswana acordaron que el bosquimano disecado debía ser enterrado en una ceremonia revestida del más alto protocolo. Aunque no todos compartían esta propuesta.
     Tuvo que ser de nuevo el Ministerio de Asuntos Exteriores de Segenal, el país que más reclamó la devolución del guerrero a su lugar de origen, el que criticara duramente la propuesta de varios cónsules honorarios de estados africanos, encabezada por el de Gambia, Antonio del Moral, d
e incinerar y esparcir las cenizas del negro de Banyoles en el lago de esta población.

     Del Moral argumentaba que así se evitarían numerosos problemas burocráticos y económicos que presentaba la repatriación de los restos, y que “la sepultura se convirtiese en una meca del racismo o del antirracismo”.
     El 8 de septiembre de ese año, de noche y en secreto, el polémico negro disecado del Museu Darder fue trasladado, en una primera etapa, al Museo de Antropología de Madrid. Se eligió un fin de semana largo para que la operación pasara desapercibida y no levantara expectación. Muy pocos concejales estuvieron al tanto del traslado. 

Arcelín se vio obligado a pagar 16,7 millones de pesetas

      También en esta acción , de casta le viene al galgo, el médico de Cambrils criticó la forma en que el jefe guerrero fue sacado del museo, al considerar que había sido tratado como un mueble o un cuadro.
     Pero por aquellas fechas, esa anécdota no era lo que más preocupaba a Arcelín. Su salario como concejal del PSC en el consistorio cambrilense llevaba cuatro meses embargado para pagar los 16,5 millones de pesetas que debía por las costas judiciales de todos los pleitos que entabló.
     Cuando interpuso la primera demanda contra el ayuntamiento de Banyoles, anunció que reclamaría una indemnización simbólica de una sola peseta. Sin embargo, sus abogados le aconsejaron que pidiese 200 millones. Aceptó, pero declaró públicamente que, en caso de ganar, donaría lo percibido a diversas ONG’s que destacasen en su lucha por los derechos humanos.

 "Es muy injusto ser castigado por
    defender los derechos humanos"
 
     Esa decisión de pedir 200 millones fue lo que originó, al inhibirse el Juzgado de Girona, una sentencia que le obligaba a pagar 16,7 millones de pesetas en concepto de costas judiciales, ya que cuanto mayor es la indemnización reclamada, mayor es a su vez el coste procesal.
     Para Arcelín, la culpa del desaguisado era producto de los abogados que le representaban, Luis Sierra y Asociados, y se declaró insolvente. “Es muy injusto ser castigado por defender los derechos humanos”, proclamó, aunque no se arrepentía de su ardua luchar por el negro de Banyoles. Tuvo que pedir de nuevo ayuda económica, en esta ocasión, a los que se interesaron tiempo atrás en su cruzada moral, como al secretario general de la ONU, Kofi Annan, y a diversos miembros de la OUA. 
Regreso a África
     El 3 de octubre de 2000, los restos del guerrero disecado partieron desde Madrid dentro de una caja especial, en teoría para evitar su deterioro, dirección Johanesburgo, y de ahí en un vuelo privado al límite sur del desierto del Kalahari, a la ciudad de Gaborone, capital de Botswana, país que lo recibiría en nombre de las naciones africanas.
     Las autoridades de este país pidieron a los medios de comunicación que se hablara del “negro” o del “hombre africano”, ya que tenían serias dudas de que realmente perteneciera a la etnia de los bosquimanos. Las últimas teorías señalan que, probablemente, pertenecía a la tribu dominante en Botsuana, los Tsuana, y que nació en un territorio que hoy se encontraría fuera de los límites territoriales de esta república de poco más de millón y medio de habitantes, aunque de superficie superior a la española. Las autoridades botsuanas zanjaron el asunto señalando que, en cualquier caso, el homenaje que se iba a dar a “El Negro” debía servir como símbolo de reivindicación y respeto a una raza. Había que reparar el trato indigno dado por Occidente al cuerpo disecado.
     Una representación del gobierno botsuanés, encabezada por el ministro de Asuntos exteriores, Mompati Merafhe, junto a representantes de la OUA, esperaron la llegada del cuerpo al aeropuerto. A las 12,45 horas del 4 de octubre de 2000, el hijo de África regresaba a casa.
     El guerrero bosquimano, recibido con los honores de un héroe, reposaría por fin tras una odisea de casi 200 años. El sarcófago fue cubierto con una bandera de Botswana en cuanto tocó tierra. Se realizaron plegarias mientras avanzaba el pelotón funerario, en procesión hasta el Centro Cívico de Gaborone, donde se congregó una gran multitud. 
     Algunos de los miles de ciudadanos que pasaron por la capilla ardiente se mostraban indignados, dado que la momia del guerrero llegó con el aspecto de un esqueleto sin piel. Al parecer, fue despojado -¿deliberadamente?- de los elementos artificiales empleados durante su disecación.
     Un grupo de estudiantes de la Universidad de Botsuana lucía arcos y flechas como símbolo de africanidad. En una de sus pancartas se leía “¿No ha pasado demasiado tiempo?”.
     Al día siguiente, todo estaba preparado en la verde pradera del parque público Tsholofelo, que significa “esperanza”, donde el bechuana recibiría sepultura. La sociedad civil acudió con sus mejores galas, entre ellos, Bárbara Mogae, esposa del presidente botsuanés.
     Bajo un aplastante sol y un solemne protocolo, el orgullo de la raza africana se hizo notar en los discursos. El ministro de Exteriores insistió en que El Negro “representa a todos los hombres de África”, y subrayó la “indignación” que para el pueblo africano suponen casos como éste. Merafhe dió las gracias a Alphonse Arcelín por “haber obligado a una sociedad a hacer lo correcto”.
     Por su parte, el embajador español en Namibia, Eduardo Garrigues, recordó en su discurso que el cuerpo no fue robado por ciudadanos españoles, sino que fueron dos taxidermistas franceses, los hermanos Verreaux, quienes lo disecaron en 1830 para enviarlo a Europa. Recalcó también que en varios museos de Occidente se conservan restos humanos semejantes a los exhibidos en Banyoles.
Que el negro descanse en paz
      En una intervención muy aplaudida por los asistentes, el vicesecretario general de la OUA, el mozambiqueño Daniel Antonio, calificó de “indignidad insultante para los africanos” la exposición por décadas del guerrero africano y dijo tener una opinión personal sobre las reticencias mostradas en un principio a la entrega de los restos.
     “¿Porqué las autoridades de Banyoles no querían devolver a África lo que le pertenece?”, preguntó. “Desde mi punto de vista, porque El Negro se había convertido en un reclamo turístico para esa ciudad”.
     Por último, sacerdotes de diferentes creencias oficiaron el funeral religioso. Cánticos en lengua tsuana y lectura de pasajes de la Biblia. “Que el negro descanse en paz, que el negro descanse en paz”, recitaban. El féretro bajó lentamente hasta su fosa, al ritmo de una marcha funeraria a toque de corneta, y autoridades y religiosos lanzaban sobre el féretro puñados de la tierra que vio nacer al guerrero. Sobre el sepulcro, convertido en monumento nacional, se lee en una lápida conmemorativa: “El Negro. Hijo de África. Muerto en 1830. Llevado a Europa y devuelto a suelo africano en octubre de 2.000”. Con una mención especial a Alphonse Arcelín.
     Un año después, las repercusiones del largo proceso contra la exhibición del negro de Banyoles llegaban hasta la conferencia de Durban, donde se presentó este caso como un “acto extremo de racismo”. Expertos africanos, como Ki-Zerbo, declaraban que “la trata esclavista desnaturalizó la imagen del negro hasta el punto de que filósofos como Voltaire llegaron a justificarla. Al final, se llega a casos obscenos como ese de España, que uno sólo imaginaría que pasan en países salvajes.(...) No se explica cómo los españoles no se rebelaron ante un hecho como ese”.
Fin


Epílogo: LA INFAMIA PERSONAL 

     En febrero de 1998, el periodista Ramón Barnils fue condenado a pagar al doctor cambrilense Alphonse Arcelín un millón de pesetas por “intromisión ilegítima en el derecho al honor”, una sentencia que penaba el artículo publicado por el periodista barcelonés en 1991 en la revista Presencia, dependiente del diario El Punt de Girona, titulado “El negre de Cambrils”. El artículo dañó personal y profesionalmente a Arcelín, quien reconocía no haber leído en los 40 años que llevaba en España un artículo tan racista.
     Ramón Barnils (Sant Cugat 1940- Reus 2001), articulista en diversos medios escritos (El Temps, El Correo Catalán, El Mundo), radiofonista veterano, profesor en la facultad de Ciencias de la Información, era un hombre con carácter, que no dejaba indiferentes a nadie.
     Una voz crítica y una pluma ágil -decían sus colegas- una voz transgresora, incómoda, políticamente incorrecta. En agosto de 2001, tras su muerte, unos 50 informadores de convicciones nacionalistas crearon una organización denominada grupo de periodistas Ramón Barnils, para reivindicar un periodismo que tuviera como marco de referencia los territorios de habla catalana: promoción del uso del catalán en los medios de comunicación, lucha contra el “dirigismo” que, según este grupo, se practica sobre los informadores, y reconocimiento de la realidad catalana.
     Algunos dijeron, sin embargo, que pagó muy cara su manera de escribir impertinente y políticamente incorrecta, cerrándosele muchas puertas. El también reconocido periodista, Iván Tubau, que compartió con Barnils diez años de docencia en la Autónoma, dijo que éste “iba de enemigo del Sistema (mayúscula suya), pero formaba parte del régimen (minúscula mía). Algunos popes del periodismo catalán, no lo podían ni ver –los había puesto a parir en público y en privado- y le cerraron la puerta en las narices”.
     El que escribe, Max Bunsen, fue uno de sus alumnos durante su etapa como profesor de la asignatura “Periodismo y Literatura”. Era a principios de los años '80 y la Universidad en toda España era un hervidero de reivindicaciones políticas y sociales.
       Era impresionante el elenco de profesores de la facultad de Ciencias de la Información de la Autónoma, en Bellaterra. Emocionaba oír a Antonio Díaz-Plaza soliviantando a sus alumnos a favor de la libertad de información, convocando huelgas indefinidas, por ejemplo, cuando el periodista Xavier Vinader fue encarcelado en un turbio asunto de terrorismo de ETA. Pero había algo extraño en este ilustre profesor: siempre hablaba a sus alumnos mirando a la pared del fondo de la clase, sin mirar nunca a los ojos. En algo debía notarse que era miembro de la aristocracia literaria española.
     En las clases de Enric Marín me quedaba estupefacto cuando explicaba, en relación a la pretendida objetividad de los medios de comunicación, que un atentado terrorista de ETA podía también ser visto en el marco de una guerra, en la que los terroristas podían ser entendidos como soldados enfrentados a los guardia civiles.
      “¡Qué rojo es, qué valentía tiene para abordar temas todavía tabú!”, pensaba el aprendiz de periodista. En el año 2005, bajo el cargo de secretario de comunicación de la Generalitat, Marín tuvo que hacer frente a peticiones de dimisión por su nefasta gestión en la crisis del Túnel del Carmel. La oposición calificó su actuación de “voluntad desmedida de censura”. El antiguo profesor de aires libertarios repartía un protocolo entre los periodistas para marcar la pauta que debían seguir en el tratamiento informativo de la crisis. No dejaba Marín entrar a los reporteros en la zona del siniestro, ni sacar imágenes los fotógrafos, ni dejar entrar en las reuniones de los vecinos afectados, ni acceder incluso a los hoteles donde éstos se alojaban. Quién te ha visto y quién te ve...
     También había buenos profesores, como Román Gubern, el carismático crítico de cine. O el actor Xavier Elorriaga, en la asignatura de Televisión, o el periodista Iván Tubau, que daba clases de “periodismo cultural”, o Josep María Baget (fallecido en septiembre del 2004), considerado el decano de los críticos de Televisión de este país.
     El periodista Barnils se ocupaba de dos asignaturas: Periodismo y Literatura I, en 4º curso, y Periodismo y Literatura II, en 5º y último curso. Sus clases, cuando le daba por aparecer por la facultad, eran en verdad amenas, y llegó a traer algún que otro personaje, como el escritor Quim Monzó.
     Un día propuso que una decena de sus alumnos colaboraran con él en un libro sobre la vida del anarquista Salvador Puig-Antich. Yo me apunté entusiasmado y no falté a la primera reunión del grupo de alumnos que organizó el profesor en su casa.
      Comenzó Barnils a distribuir el trabajo, y yo elegí hacerme responsable del apartado “Antich y el Ejército”, por conocer mejor que nadie de los presentes el mundo de los militares, por mi condición de hijo, sobrino, cuñado y nieto de militares.
     Pero por aquellas fechas me alojaba en la residencia de estudiantes Muñoz Grandes, en la calle capitán Arenas (Sarriá), reservada a hijos de militares (mi familia vivía en Tarragona). De repente pensé que si me dedicaba a investigar la vida de un anarquista –estamos hablando del año 1983- quizá me complicaba la estancia en esta residencia.
     La residencia era un nido de “fachas”, algunos violentos, con causas pendientes con la justicia, y el director era un comandante del Ejército de Tierra. Yo era el enemigo número uno. Creo que en alguna de mis provocaciones, como pasear la “A” anarquista, no recibí ninguna paliza por algún fornido hijo de coronel -aunque faltó muy poco para ello-, porque existía en el ámbito castrense una cierta camaradería gremial entre sus miembros, una ley no escrita para proteger y tolerar a todos, incluso a los hijos más díscolos.
     Sin embargo, ese peligro que insinué al profesor, por investigar a los militares que enjuiciaron a Antich, al final no hubiera existido, porque días antes de la festividad de San Juan de ese mismo curso, la dirección de la residencia de estudiantes decidió quitarme -literalmente- la cama y precintaron la habitación, es decir, me echaron.
     Cuando Barnils oyó mis objeciones sobre el tema de los militares, dijo sin más que me fuera a la calle, adiós, echándome de su casa. No me dio otra oportunidad, como hacerme cargo de otro apartado de la investigación. La verdad, me quedé bien frustrado. Quién sabe si en ese momento se malogró mi faceta como escritor.
     Al siguiente curso, que iba a ser el quinto y último año de Universidad, me apunté a la asignatura de Periodismo y Literatura II. Cuál fue mi sorpresa el primer día de clase cuando, a la veintena de alumnos que quedábamos desde el inicio de carrera, el profesor Barnils lanzó: “Los que el año pasado hicisteis la asignatura de Periodismo y Literatura I estáis aprobados”.
     Me quedé de piedra. Tenía ilusión por aprender más, pues era el último año y quería aprovecharlo. Los dos primeros cursos de carrera apenas había asistido a clase, contagiado por la excitación de los turbulentos años de la Transición Política, demasiado atrapado en el puro hedonismo.
     En aquella primera y única clase con Barnils todos mis compañeros expresaron gran alegría cuando vieron aprobada una asignatura sin más, de un total de cinco.
     Con mucha carga de ironía fui a quejarme al decano y a pedirle que me devolviera el dinero pagado por inscribirme en esa asignatura de Periodismo y Literatura II, puesto que no se iba impartir. Lógicamente, el decano no me hizo apenas caso, sólo me escuchó y se encogió de hombros.
     Lo curioso es que la mayoría de aquellos alumnos que saltaron de alegría por tener una asignatura menos, han gozado de éxito en su vida profesional. Muchos entraron en la televisión pública catalana (TV3), que por aquella fechas comenzaba sus emisiones, y buscaron gente con nuevas ideas, o en Catalunya Ràdio, como mi amor platónico, Angels Bronsoms. No les quito mérito, que conste.
     Max Bunsen, el único alumno que mostró interés por aprender en aquel triste inicio de curso, lucha actualmente por encontrar un trabajo de recepcionista, 27 años después de estudiar en la Universidad. Se arrastra por campings u hoteles bananeros de la Costa Dorada, teniendo que soportar horarios de trabajo leoninos, salarios ínfimos y continuas quejas y broncas de clientes maleducados.
     No puedo tener, por tanto, un grato recuerdo de Ramón Barnils. Y cuando en el año 1996 leí la denuncia que contra él había interpuesto el doctor Alphonse Arcelín, el hecho no me extrañó lo más mínimo, pues conocía bien su catadura moral, su carácter autoritario, su radicalidad mal entendida, su escatología sin gracia, su falsa pose ácrata.
     Quizá fue un buen articulista, pero como profesor y como persona no me mereció mucho respeto. No hay en este texto un anhelo de venganza, sino la necesidad, quizá imposible, de una cierta reparación moral por el daño causado. Porque ¿no es lícito pedir, cuando uno es perjudicado, una restitución, una compensación -aunque sólo sea moral- por un daño recibido? Si no hay algún tipo de rectificación, no puede haber perdón, y el conflicto o la herida seguirá abierto.
     Siempre en lides como ésta, los de alrededor me han aconsejado que olvide el asunto como si nada hubiera pasado. Pero, si al daño causado además hay que sumar que no puedo hablar de las circunstancias del perjuicio y de sus protagonistas, ¿de qué hablo? Es decir, te quitan la posibilidad de una interesante experiencia que podías haber vivido, y expresado más tarde, y además ¿pretenden con el perdón y el olvido que pasemos página al asunto? Si hiciera eso mi vida sería un libro en blanco.
     No es justo causar un daño y después pretender que se olvide ese comportamiento. Si nadie pide cuentas, si nadie se enfrenta al causante del perjuicio, la actitud negativa de esta persona continuará, hasta que alguien le pare los pies. No habría progreso ni justicia sin el derecho a la queja, a la crítica o a la denuncia. Por principio, la sociedad o la justicia son inmovilistas, son los cambios y progresos sociales los que hacen mejorar las leyes y la comunidad.
     Cuanto menos, se hizo cierta justicia con el médico Arcelín, y el profesor Barnils fue condenado por sus calumnias. Por lo que a mí respecta, no necesito reparación de ningún tipo. Sería inimaginable que el reconocido periodista aceptara sus negligencias, muchos años después, a un don nadie. Pero, al menos, que no me quiten el derecho a contar todas las cosas que me han ocurrido en la vida.
     Por supuesto que siento que Ramón Barnils falleciera. Alguien podría calificar todo el texto sobre Arcelín y el epílogo como una venganza, pero yo considero que sólo he tratado de pasar cuentas. Eso sí, se ha servido en un plato muy frío, con el profesor y periodista bajo tierra.
 
Epílogo: Si existe un cielo donde todas las almas se juntan ¿Que le diría Barnils a Arcelín cuando se encontraran? ¿Le pediría excusas al comprobar que el alma no tiene color? ¿O quizá es que en el cielo hay discriminación y se sitúan en lugares separados blancos y negros? Tal vez, Barnils no se ha encontrado con Arcelín pues el primero habite en los infiernos. Allí nos veremos, profesor.