EL MECHERO BUNSEN
PARTE I
 
Paseíllo a Paracuellos
 
     El cainismo y la barbarie de la Guerra Civil española alcanzó algunas de las más altas cotas que la historia de la humanidad registra. La fiera naturalidad con que fueron segadas las vidas hicieron escribir a los observadores extranjeros que aquí se mataba con la misma ligereza que se podan árboles. Se dice que fue la última guerra romántica -un gran número de voluntarios murieron por unos ideales- pero también fue de las más cruentas del siglo XX.
     Democracia contra fascismo, proclamaban los de la España republicana. Libertad contra Comunismo, aseguraban los de la España nacional. El enemigo era el representante de una civilización diferente que amenazaba con destruir toda una forma de vida y que, en consecuencia, debía ser exterminado por completo.
Desde el denominado alzamiento nacional del 18 de julio de 1936, el conflicto tomó fama en todo el mundo por el considerable número de ejecuciones de carácter político que se sucedían en ambos bandos.
     Consolidada la división geográfica del país en agosto, los poderes políticos de las áreas nacional y republicana se lanzaron a una sangrienta represión contra los enemigos –así los consideraban- que permanecían agazapados en sus respectivas zonas.
     Dolores Ibárruri, La Pasionaria, acaba sus discursos con el lema “más vale morir de pie que vivir arrodillados”, y el general Queipo de Llano aterroriza a la España republicana: “Por cada uno de orden que caiga, mataré a diez extremistas por lo menos, y los dirigentes que huyan, no crean que se van a librar por ello; les sacaré de debajo de la tierra si hace falta y, si están muertos, los volveré a matar”.
     Madrid, como las principales ciudades de la península, consiguió sofocar la rebelión iniciada por el general Franco en Canarias, pero el poder de las armas pasó a los revolucionarios. Y los contrarios a la República quedaron atrapados en el Madrid del “No pasarán”.

     En los dos primeros meses de guerra son asesinados impunemente miles de religiosos (*), políticos, intelectuales, militares, obreros, campesinos, maestros, profesionales, tenderos, por el mero hecho de considerarse que sus convicciones merecían la muerte. Muy pocos se van a librar de los temidos paseíllos, de los que sólo se sabía que nadie regresaba para contarlo. Ni siquiera el ya por entonces célebre poeta Federico García Lorca, quien desde la madrugada del 18 de agosto de 1936 yace enterrado en una vaguada tras ser vilmente asesinado. En Zamora es fusilada en estado de gestación la mujer del escritor Ramón J. Sender, y en Gran Canaria decenas de militares republicanos son despeñados.

 

     Episodios como éstos expresan un descontrol del sistema psíquico, cuyo origen puede situarse en la sangre, en alguna característica cruel de nuestra raza; o en la ignorancia que nos mantuvo durante siglos en la pobreza; o en la doctrina que dividió a la sociedad en clases; o quizá sólo sea la satisfacción de un odio satánico. 
     La familia Rodríguez Pedraza vivía en un chalet adosado propiedad del Estado, de la calle Marqués de Valdecilla, en la colonia Cruz del Rayo. Estaba compuesta por Eugenio, brigada de la Guardia Civil retirado y viudo con 5 hijos, junto a un hermano de éste, teniente en activo también de la Benemérita, soltero de unos 40 años, que contribuía al mantenimiento de sus sobrinos. No sabemos el nombre del teniente, pero no le vamos a adjudicar uno ficticio, pues no hay aquí concesiones a la escritura novelada. Sólo hay descripción de los hechos, búsqueda de la memoria, no como un acto de venganza, sino de justicia. Son sólo los culpables los que en todo conflicto pretenden que se olvide lo sucedido. Valga este humilde relato para que la historia de los Rodríguez Pedraza no se pierda en la memoria de los muertos.

 
     Todo recuerdo es un homenaje a aquellos hombres y mujeres que escribieron también con su muerte el código genético de nuestra actual democracia. En el Madrid mártir y héroe, las fuerzas de seguridad leales a la República intentaban en muchos casos evitar las ejecuciones, pero se veían desbordadas por la multitud armada. Muchos de los que se ven amenazados abandonan sus domicilios, se disfrazan y se mudan a pisos anónimos o modestas pensiones.
     En una gran ciudad las posibilidades de ocultarse o sumirse en el anonimato son mayores.
Por su parte, los milicianos y milicianas se pavonean por los cafés, cines y teatros de la Gran Vía. Con sus atuendos revolucionarios y sus fusiles, piden la documentación y atropellan a quien se les antoja. Todo el mundo repite sus consignas y levanta el puño. Algunos lo hacen por convencimiento, otros por temor a ser acusados de fascistas, lo que significa la muerte en la mayoría de los casos.
     Aunque se instala un frente de guerra en la Ciudad Universitaria, Madrid cuenta por esas fechas con 19 salas teatrales, y variedades con Pastora Imperio. Las 39 salas de cine exhiben películas como “Tres lanceros bengalíes”.
Uno de los hijos de Eugenio, José Luis, es afiliado del partido comunista y está luchando en la defensa de Cartagena contra las tropas franquistas. Lo ha mandado su padre al frente para tener una boca menos que alimentar. Su hermana Rosario enviudó joven –su marido murió tuberculoso- y carga con dos hijos.
     Las detenciones de simpatizantes de la rebelión son llevadas a cabo por miembros de los partidos y sindicatos de izquierda, que en Madrid crean las tristemente famosas “checas”, exportadas a España por los agentes soviéticos de Stalin. El caos reinante en la ciudad sitiada ayuda a la implantación instantánea de muchas de éstas cárceles del pueblo.
Infrahumanidad

     Millares de personas son detenidas y malviven hacinadas en ellas, donde son interrogadas y torturadas, junto con la permanente amenaza de muerte. Se unen allí una crueldad psíquica y física total, que despliega el hombre cuando pierde su racionalidad o cuando la extrema hasta las fronteras de la anormalidad. En las checas se produce una antología de la bestialidad, de la infrahumanidad, una degradación de la naturaleza humana. La más conocida, por eficiente, es la del Círculo de Bellas Artes, ya que ser trasladado allí equivale a una muerte segura.

     El insomnio se ha generalizado entre la población madrileña. Unos porque pasean y otros porque no quieren ser paseados. Se teme el ruido del frenazo de un vehículo que anuncie nuevas detenciones. Se descorren los visillos sigilosamente para descubrir, plenos de malsana curiosidad, quién es esta noche el desgraciado.
     Si el fulano en cuestión se ha jactado de votar a la derecha en las últimas elecciones, o si es lector habitual del ABC, nadie le volverá a ver. Quizá ha sido el mismo vecino quien ha dado el chivatazo. La actividad de las brigadas armadas de milicianos era más acusada durante la noche y la madrugada, los periodos del día adecuados para hacer desaparecer a los detenidos.

     Una noche de noviembre, cuatro de ellos, de caza por la colonia Cruz del Rayo, llaman a la puerta de la familia Rodríguez Pedraza.

- “!Salud, camaradas!"
Son civiles vestidos con monos de trabajo y camisa blanca, pañuelo rojo y negro al cuello, y pertrechados con cartucheras, correajes, fusiles y pistolas. Entran decididos hasta el comedor, donde preguntan si vive allí un teniente de la Guardia Civil. Aparece el teniente y dice sin titubear: 

 

 
 - "Soy teniente de la Guardia Civil". Le piden su carné y lo enseña.
- “Pues vente con nosotros, compañero”
- “¿Yo? ¿Porque tengo que ir con ustedes?”
- “¡Son órdenes del Estado Mayor!”
- “¿Pero donde me llevan?"
- “Tranquilo camarada, sólo vamos a dar un paseo”.
     Anteriormente, habían desaparecido ya otras personas en la Colonia Cruz del Rayo, y no se había vuelto a saber nada de ellas. Los jóvenes de la familia comienzan a temerse lo peor y arrancan a llorar, a los que se unen los más pequeños de la casa.
     Eugenio, el brigada retirado, que se ha despertado con los lloros y gritos, aparece en pijama por una de las habitaciones:
- “!Pero, bueno!...¡¿Qué pasa aquí?!”. Los milicianos se muestran sorprendidos por el tono autoritario de la pregunta, y se giran hacia él.
- “¡Hombre! ¿Y tú quién eres, camarada?”
- “Me llamo Eugenio Rodríguez Pedraza”
- “Ah, ¿Y a qué te dedicas, compañero?”
- “Soy guardia civil retirado”
- “Ah, ¿Si? Pues vente también con nosotros”.

Bajaron todos las escaleras, los milicianos, los dos guardias civiles presos y el resto de la familia implorando piedad. Los metieron en una camioneta negra, con las siglas de la CNT , y desaparecieron en la densa noche.

     Eugenio y su hermano fueron enviados de manera preventiva a una checa. Pocos días antes, en una reunión habida entre las Juventudes Socialistas y dirigentes anarquistas, se decidió la suerte de todos los presos confinados en las checas, clasificándolos según su importancia o peligrosidad, para proceder así a su eliminación. El asalto definitivo a Madrid de las tropas franquistas parecía inminente.(**)  
     Pocos días después de las detenciones, el resto de la familia recibe noticias sobre los guardias civiles. José Luis, el hijo comunista de Eugenio que lucha en Cartagena, ha podido informarse del paradero de su padre y de su tío, e informa a sus hermanos por teléfono: “ Se los han llevado a Paracuellos del Jarama y ya los han matado”. De esa sencilla manera quedaron destrozadas esas vidas, y la guerra siguió con su lógica infernal.
     Así pues, las pretendidas “sacas” o traslados de presos de la cárcel Modelo y de las checas madrileñas con destino a Valencia, ordenadas durante el mes de noviembre ante el más que probable asalto a Madrid por los nacionales, acabaron por los alrededores de Paracuellos en una carnicería de varios miles de personas, entre ellos, los hermanos Rodríguez Pedraza. Lo irónico de su trágico destino es que Eugenio, el guardia civil retirado, habría salvado su vida si no se hubiera levantado de la cama.

     Y es paradójico que los dos hermanos fueran ejecutados, ni siquiera con juicio previo, por los compañeros de trincheras de su propio hijo y sobrino, José Luis.
     Terminada la guerra, el joven comunista fue detenido y encarcelado, un calvario entre rejas que sólo duró sólo tres años, ya que no había pasado de ser un mero soldado raso. Decía José Luis, con sorna, que lo acusaron de haber matado a un Obispo. Cada vez que su familia o amigos le preguntaban al respecto, reía sin decir nada. Nunca se supo si en verdad mató al Prelado. 

 PARTE II

Salvados por unos ajos 

      Al principio de la contienda civil se va al frente de guerra como a una romería. Las madrileñas preparan la comida en la fiambrera y la bota de vino, para que el marido vaya a pegar tiros a la sierra de Guadarrama, el primer frente establecido. Al caer la tarde éste regresa a relatar sus hazañas en los cafés de la Gran Vía.
      Las operaciones militares se empantanan, pero no así el odio y la sangre vertida. Está en juego un enfrentamiento apocalíptico a muerte entre aquellos que creen que representan el bien, contra aquellos que representan el mal absoluto.

     En la retaguardia se hace un llamamiento por radio pidiendo el cese de los crímenes, pero se hace caso omiso, y los grupos armados siguen con los registros y las detenciones. Continúa el fenómeno de la liquidación masiva sistemática. Pues el crimen es la mejor forma de saldar las deudas, las viejas pendencias personales, las envidias, los despechos, las antipatías, y por supuesto, de acabar con el adversario político. Se llega a matar por ir a misa. Unos matan en nombre de Dios y de la Patria; otros, en el de la libertad y del pueblo, pero nadie respeta al disidente. Cuando se ocupa una nueva población basta con preguntar a los porteros de sus fincas quienes son los vecinos que simpatizan con su enemigo para pasearlo.        
     Volvemos otra vez a la Colonia Cruz del Rayo, por las mismas fechas en que desaparecieron los Rodríguez Pedraza. En el número 32 de la calle Gómez Ortega vivía la familia Colomer. El patriarca, Alberto, de 47 años, era un capitán de Artillería que se acogió a la ley sobre el estamento militar promulgada por Azaña (***), según la cual un militar podía retirarse manteniendo el mismo sueldo y graduación. No lo hizo por desavenencias con la República, pues en verdad era apolítico. Alberto estaba casado con Dolores Benito Trias, con quien tuvo 6 hijos: Carlos y Alberto, mellizos, que contaban 14 años en 1936; Ramón, de 13;
Rosa María, de 12; Jose Luis, de 9; Lolita, de 6 años y Chelito, de 4 años. 

     Iniciada la guerra, montó una tienda de ultramarinos en los bajos de su casa, pero sus hijos se comían las golosinas y el embutido y se vio obligado a cerrarla. Optó entonces por mantener incubadoras para la cría de pollos, y le cogió tal afición que llegó a ganar premios por la cría y mejora de gallos y gallinas.
    
El 27 y 28 de agosto del 36 los aviones junker alemanes atacaron Madrid causando decenas de muertos: fue el primer ataque aéreo de la Historia sobre una población civil. Los bombardeos son tan novedosos que la gente, en lugar de correr a los refugios atemorizada, se queda a ver caer las bombas con expectación. 

Vista actual del número 32 de la calle Gómez Ortega

     Alberto y su familia sólo fueron al refugio en una ocasión en que éstas cayeron con insistencia. Decía que tenía más miedo a los refugios que a quedarse en su casa, pues en realidad quería evitar las aglomeraciones y las pulgas. La promesa del general Franco de no bombardear Madrid para que no muriera ningún inocente se queda en nada. La nueva consigna es que ya no hay “no combatientes”. Pasados los primeros meses de guerra, en un país con 24 millones de habitantes había ocho millones de pobres de solemnidad, como se decía en el lenguaje de la época.
     Los ojos inocentes de Lolita, una de las hijas de Alberto, fueron testigos de aquellos tiempos de dolor y muerte. Cuenta ella que su padre era un ser egoísta, pero que en el fondo quería a sus hijos, sobre todo a las hembras. Con los chicos era más cruel. A José Luis, el más rebelde, quien en la dictadura acabó militando en el partido comunista, lo ataba con una cadena a una pata de la mesa. Recordó éste toda su vida que el hambre padecido en la guerra le hacía ver comida en lo que sólo era mierda. Por las tardes el patriarca merendaba una taza de café y tostadas con mantequilla Arias, y claro, con el hambre que había, sus hijos se arremolinaban en torno a su mesa: “¡Sario, quita a los niños de aquí!”. En una concepción primitivista de la organización familiar, consideraba que él debía ser quien primero y mejor se alimentara. “Si yo me muero ¿de qué vais a vivir vosotros?”. 

     Tenía en un armario bajo llave todos los alimentos de valor, como la sal, los ajos, la mantequilla Arias. Lolita recuerda emocionada, como un gran acto de generosidad, que en una de esas comidas sólo a base de arroz, poblado de bichitos negros, su padre la llevó sin que nadie se apercibiera al armario para darle un poco de sal. “Toma, no se lo digas a nadie”, le susurró.
     Vivía en la misma casa un hermano de Alberto, también capitán pero de Infantería, Ramón Colomer, retirado también, que padecía del pulmón, con su mujer y dos hijas.
     Había mucha inquietud en  Cruz del Rayo pues, al parecer, se estaban delatando unos vecinos a otros. Por las noches se cerraban las puertas y no se abría a nadie. Eran días en que se podía eliminar al vecino de enfrente por cualquier motivo y sin que nadie pidiera cuentas a nadie. Entonces alguien se chivó de que en el número 32 de la calle Gómez Ortega vivían dos capitanes del ejército.

     La ley estaba en manos de bandas armadas que a veces incluso carecían de ideología, lideradas por el más arrojado de sus miembros.Una madrugada llaman fuertemente a la puerta un grupo de milicianos, que piden agresivamente que se abra la puerta. Suben excitados las escaleras que dan a la casa. Les recibe Alberto Colomer y pregunta qué quieren.
- “A ver, camarada, ¿como te llamas?”, preguntan los milicianos. 
- “¿Yo? Eh...sí, Alberto Colomer, Marti, Picó, Vera, Pagán, Martínez, Hermosa, Poveda…
- “¡Cállese ya! ¿A qué se dedica?”, le interrogan.
- “Tengo una tienda de comestibles”. Una información cierta, que los milicianos ya lo sabían, pero también que era militar. 
- “Venga, enséñame el carné”, le exige el miliciano más decidido.
- “A ver que tengo por aquí...”, masculla Alberto. ¿Vinieron a buscarle por su condición de militar acogido a la Ley Azaña, y por tanto desafecto a la República, o por ser un tendero? los milicianos, al comprobar que este colectivo, ante la demanda de productos de primera necesidad, subió de manera desorbitada los precios, se los llevaban a la pradera de San Isidro o a la Casa de campo para fusilarlos por la espalda.

 

                                                          ¿Está loco?     
     Alberto era un poco raro, pues solía guardarse en los bolsillos las cosas pequeñas, como dientes de ajo, paquetitos con sal, todo lo pequeño que escaseara.
     Los milicianos le insisten pidiéndole el carné y éste se mete la mano en un bolsillo y les enseña unos dientes de ajo.
-“Pero, oiga usted, que esto son unos ajos, coño, que le estamos pidiendo el carné”. Siguió haciéndose el tonto, y volvió a meter la mano en el otro bolsillo, para entregarles unos tornillos.
- “¿Usted está loco o qué?”.
- “Es que no sé lo que me piden...”.
     Insisten los milicianos: “A ver, aquí vive otro militar…¿dónde está?”. “Sí, vive un hermano mío, pero está en esa habitación muy enfermo”. Los asaltantes se dirigen a ver a Ramón. Mientras tanto, Alberto aprovecha para decir a las mujeres y niños que se pongan a llorar y a gritar, que monten un drama.
- “¡No se lo lleven, por el amor de Dios, no se lo lleven...!”, comienzan a gemir todos a una. “Es que mi padre era un superdotado”, asegura su hija Lolita.
     Los milicianos preguntan a Ramón qué le pasa: “Estoy muy mal de los pulmones y del corazón”, dice con voz trémula. Entonces uno de ellos propone llamar a un médico para que vea a los dos militares, y regresar en media hora.
     Alberto aprovecha el respiro para suministrar a su hermano grandes dosis de café y para decirle que no pare de dar saltos y hacer esfuerzos físicos, para elevar lo más posible las pulsaciones. Regresan los tres asesinos con el galeno y suben a ver al enfermo. Es auscultado y el médico le diagnostica: “vaya, cómo tiene los pulmones, y el corazón, usted está muy mal, eh”, y pide a los milicianos: “A éste dejadle, que no puede salir de casa”.
 

               Rocambolesca escena
- “¿Y el otro enfermo donde está?” pregunta el médico. Los milicianos señalan a Alberto y explican que le piden el carné de identidad y les da dientes de ajo.
- “Parece que esté loco”, comentan.
     Alberto sigue fingiendo, y con aire solemne declama: Soy Alberto Colomer, Marti, Picó, Vera, Pagán, Martínez, Hermosa…
     El médico, como salvador de vidas humanas, debía tener un rincón en su corazón a resguardo de la barbarie. Rodeado de tanta gente llorando, en medio de la rocambolesca escena, se atrevió a decir:
- "!Vámonos de aquí, esto es en verdad inaguantable!"
Milicianos por las calles de Madrid

     
     Escondidos en los dos bandos hubo héroes anónimos que antepusieron el sentido de humanidad a cualquier ideología política. Es verdad que en las guerras aparece lo mejor y lo peor del ser humano. Los actos virtuosos y nobles sólo son posibles por individuos que deciden en su fuero interno actuar al margen, exponiéndose a ser arrollados por el mismo mal que tratan de combatir.

     Ramón, el capitán de infantería, murió nada más acabar la guerra. También por esas fechas muere de cáncer la matriarca, Dolores. Y Alberto, que se reintegró al Ejército del victorioso general Franco, volvió a casarse, pocos meses después de iniciar el luto, con una vecina de la Colonia, Rosario Rodríguez Pedraza, la hija del guardia civil retirado que con su hermano fueron asesinados en Paracuellos de Jarama.
 

¿FIN?
Durante la guerra civil se fusiló incluso a Cristo 


Notas:
  
*    Los religiosos sufrieron una auténtica cruzada represiva, fruto de la ira republicana. En Madrid, Cataluña, Andalucía y Aragón los incendios y saqueos de iglesias y conventos, se convierten en algo cotidiano, a pesar de las medidas policiales. Se suceden terribles escenas de martirio: monjas violadas frente a sus compañeras, curas quemados o enterrados vivos, corridas de toros con clérigos ancianos...
     Durante toda la guerra civil española fueron asesinados 13 obispos, 4184 sacerdotes seculares, 2365 religiosos y 283 monjas.
Muchos sacerdotes bendijeron a sus verdugos. Ni una apostasía. “La Iglesia española borró todos sus anteriores fallos con ese colosal martirio colectivo”, dice García Escudero. Para Salvador de Madariaga, “la Iglesia solía ponerse infaliblemente al lado de las peores causas en la vida nacional; apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora”.
 
** Los meses transcurridos desde el inicio de la guerra civil, jalonados de trágicos sucesos, no presagiaban un final feliz para los presos de las checas madrileñas. En el cuartel de la Montaña, los republicanos ejecutan a más de 100 oficiales desarmados que habían secundado la rebelión franquista.
     Asimismo, el 12 de agosto es detenido un contingente de 200 presos en Villaverde por un grupo de exaltados milicianos, bajo orden expresa del Ministro de Gobernación -cuando sólo eran trasladados a Madrid- y mueren ametrallados aquella misma noche.
     Días después se produce la primera matanza colectiva en la cárcel modelo de Madrid, donde pierden la vida más de 100 personas a manos de una turba de incontrolados ávidos de sangre. En total, 11.705 personas fueron eliminadas en Madrid, la mayoría durante aquellos primeros meses de conflicto.
      También los falangistas fieles a la causa nacional llenan de cadáveres las cunetas en sus áreas de dominio, Castilla la Vieja, Galicia y Aragón. Junto a ellos, los legionarios y las sanguinarias tropas de regulares magrebíes aniquilan grandes contingentes humanos en la localidad de Dos Hermanas o el barrio sevillano de Triana.
     En Tafalla (Navarra), a la salida de un entierro de un requeté, los ánimos se exaltan y la multitud se dirige a la cárcel para ejecutar a los 50 presos allí retenidos, a pesar de las súplicas del alcalde. Un cúmulo de atrocidades que tienen su paradigma  en las 800 personas que son arrojadas en Ciudad Real al pozo de una mina.
 
*** En los últimos años de la Monarquía había 17.000 jefes y oficiales (incluidos 195 generales) para unos 150.000 soldados. En su etapa como ministro de Guerra, Manuel Azaña, un antimilitarista temperamental, decidió reducir el poder de esta omnipotente institución, concediendo a todos los oficiales la libertad de jurar fidelidad a la República o retirarse con el sueldo completo.