EL MECHERO BUNSEN
Carta a mi tío Pepe
(Prólogo al relato "Medio cazo de rancho")

Tarragona, a 17 de mayo de 2008 
Querido tío Pepe 
    Antes de nada quiero pedirte perdón por haber tardado tanto tiempo en escribirte. Gracias de corazón por enviarme tus textos. 
     Debo confesarte que cada vez que leo el relato “Medio cazo de rancho” me entran ganas de llorar, aunque no haya padecido ni por asomo nada de lo que ocurrió en aquellos difíciles años de tu infancia. Pero todo aquello también lo experimentaron mis padres, y mi infancia y juventud se desarrolló a la sombra de algunas de estas historias sobre la Guerra Civil española. Siempre pedíamos mis hermanos y yo, como si fueran cuentos, que nuestros padres nos los repitieran. 
     Me han atraído especialmente esos hechos y anécdotas, casi siempre tristes. Son historias desgarradoras, algunas tragicómicas, absurdas, casi surrealistas, que reflejan muy bien las penurias vividas y las atrocidades cometidas durante la Guerra Civil. 
     Ya sabes que soy y seré hasta la muerte una persona con valores progresistas, de izquierdas, pero hay que admitir que durante la Guerra Civil se cometieron todo tipo de maldades por ambos bandos. No hay violencia justificable, pero es un hecho que fueron los militares y la derecha más dura quienes se rebelaron contra el orden establecido, aunque éste fuera ciertamente frágil. 

     La Guerra Civil es un fenómeno apasionante, en especial, episodios como los llamados “Hechos de Mayo del 37”, en Barcelona, una guerra dentro de la guerra, el enfrentamiento de los anarquistas de la CNT y del POUM, contra los comunistas y republicanos que en esos momentos gobernaban en las instituciones de la República. Los primeros querían la revolución a toda costa; los otros, crear un ejército disciplinado para vencer en la guerra contra Franco. ¿Has leído el libro “Homenaje a Cataluña”, de George Orwell, que habla sobre estos hechos? 
     Admiro a la generación que participó en la Guerra Civil o que, sencillamente, le tocó vivir en aquellos aciagos años. Entre ellos, a mi padre, a quien considero un héroe, aunque fuera una persona normal. 
     También a ti te he admirado siempre, todo lo que he sabido de tu vida a través de tu hermana Dolores, mi madre, y por esos ratos agradables que pasamos cuando venías algunos veranos a Hospitalet de l’Infant. Cómo te gustaba ir a bañarte a la playa nudista del Torn. Bueno, también lo hacían mis padres en aquellos felices años de Transición a las libertades. 
     Pero reconozco que durante mi juventud fui de alguna manera esquivo, no sólo con mis padres, también contigo, en el sentido de que “paraba” poco en casa, y no supe aprovechar vuestra experiencia y sabiduría, ganada a pulso durante una infancia y juventud plagada de hechos y sensaciones intensas. 
     Mis padres te colgaron, con cariño, el cartel de “rojo" de la familia, pero siempre has sido para mí un luchador, el único rebelde de una familia rígida, de valores tradicionales, la oveja negra de la familia. De verdad siento profundamente no haber tenido un mayor contacto contigo, sobre todo desde que soy una persona adulta. Pero todavía me siento joven, y deseo que tú también sigas siéndolo, porque la juventud y sus valores son más un estado del ánimo que del cuerpo. 
     De verdad que me impresiona el relato que titulas "Medio cazo de rancho", quizá solo a mí por ser de la familia. Pero más me impresiona, incluso me hace llorar, la dedicatoria que al final de la historia le haces a mi madre y a vuestra madre común. No he leído nunca una mejor y más sentida manera de expresar el amor de un hijo hacia su madre. 
     Gracias también por las palabras que me dedicas en unas hojas fotocopiadas de tu relato. Detalles así nunca se olvidan. Tengo una caja de zapatos que llamo “Joyas”, donde guardo aquellos objetos o textos que más significado tienen en mi vida. De momento, “Medio cazo de rancho” reposa a la vista, sobre una mesita del comedor, pero si algún día debo sacarlo de ahí, te aseguro que irá a esa humilde caja que guarda la esencia de todo aquello que tiene valor en mi vida. 
     Te deseo mucha salud y que sigas dando mucho guerra, querido tío Pepe. Lo mismo espero para tu mujer y tus hijos y nietos. 
     Afectuosamente 
     Max Bunsen, otra oveja negra 

MEDIO CAZO DE RANCHO 
(El Hambre y la Tormenta) 

   

      Aquella madrugada de pleno invierno cogió a la familia Colomer con un deseo unánime en sus mentes. No era otro que el de encontrar la manera de poder mitigar –imposible saciar- el hambre que padecía toda la familia. 
     Todos ellos en esos momentos estaban dormidos, o al menos adormilados, sobre todo por el calorcillo que compartían sus cuerpos, a pesar de la fría y desangelada mañana que, por otra parte, se presentaba sin ninguna posibilidad de poder llevar algo de comida a sus poco menos que desfallecidos estómagos. 
     Poco a poco se fueron levantando, con aspecto cansino, a la vez que mostraban síntomas de cierta desesperación, porque no oteaban horizonte alguno de esperanza para poder comer, para mitigar al menos esa obsesión de hambre perpetua, o algo así les parecía a ellos. 
     Aquella mañana transcurrió lenta, como siempre o casi siempre. Y es que cuando no hay nada que hacer, el tiempo se eterniza entre las manos. 
     Se acercaba la hora de comer... bueno, eso era un decir; no había nada, absolutamente nada en la casa que cualquiera de ellos pudiera encontrar para llevarse a la boca. 
     Don Alberto, el padre de la familia, tomó una determinación, y cuando el jefe de la familia tomaba una decisión, se trataba –nada menos- de una orden que inexorablemente había que cumplir. 
     “Tú, Pepito, y tú, Consuelo”, dijo terminante, “con un cazo grande se van a ir al cuartel de los soldados que están destacados en el instituto Nicolás Salmerón. Allí, cuando ha comido la tropa, reparten las sobras entre la población civil, según me ha dicho el amigo Sevillano”. 
     Dicho y hecho, Consuelito y yo, su hermano mayor, se abrigaron como pudieron y se encaminaron obedientes hacia el instituto Nicolás Salmerón, que se encontraba a tiro de niño, como a unos 30 ó 40 minutos de la colonia Cruz del Rayo donde vivíamos. 
     Ese mediodía en la capital madrileña era más frío que un demonio, y el aspecto que presentaban las nubes no podía presagiar nada bueno. Todo lo contrario, pues al elevar la vista al cielo lo único que se podía contemplar eran inmensos nubarrones negros, pero de un negruzco feo, color azabache teñido de oscuridad tenebrosa. De una fealdad espeluznante hasta donde la vista podía alcanzar en ese horizonte negro. La poca claridad de aquella situación –casi dantesca- se mezclaba con una incipiente noche que no debía aparecer todavía, para no tentar e ir en contra de las Leyes de la Naturaleza.
     Los dos niños habían salido casi abrazados de la casa y, sin decir palabra alguna, se encaminaron al instituto mencionado, atravesando para ello aquellos inmensos campos, que por su aspecto desolador semejaban inmensos páramos. 

      Tras una penosa caminata llegaron al cuartel y se pusieron a la cola. Apenas había transcurrido una hora cuando salieron del cuartel dos soldados con un enorme perol de comida pero, por desgracia, el cacharro no iba lleno, sino más bien mediano tirando a menos. 
     La cola se agitó. La mayoría eran mujeres, entre las que había muchas jovencitas, y hombres que ya habían cumplido sobradamente los cincuenta años de edad. 
     Una mujer de armas tomar se enfrentó con decisión a una muchacha que se quería colar entre los primeros puestos. La pelea no se hizo esperar. La mujer, más fuerte que la chica, la tiró al suelo después de un duro forjeceo, y allí se enzarzaron las dos en una lucha donde lo que privaba era tirarse de los pelos y ver cuál de las dos mujeres arrancaba más mechones, la una a la otra. 
     Por fin salieron dos soldados más que trataron de separar a las mujeres que se estaban peleando, consiguiéndolo a duras penas. El resto de la fila casi ni se inmutó. Los soldados del perol siguieron repartiendo la poca comida que había sobrado, dando sólo un cazo por persona. 
     Una mujer ya entrada en años le sonrió a uno de los soldados, y le guiñó un ojo insinuandole que, si le daba otro cazo más de comida, ella también sabría ser generosa con el guripa. 
     Las dos peleonas, una vez recogieron sus cacharros, se tiraron como locas a la cabeza de la cola, reivindicando que ése era su sitio y que ya les había correspondido la vez, volviéndose de nuevo a armar la marimorena. 
     Las colas fueron una constante durante la guerra en la zona republicana. Es fácil suponerlo debido a la carencia de las cosas más elementales y necesarias, como es, sobre todo, la comida. Existían profesionales de las colas, lo mismo hombres que mujeres, y en muchas ocasiones los puestos de las mismas se vendían muy caros, ya que el dinero tenía escaso valor. 
     No había transcurrido mucho tiempo del reparto, cuando la comida del gran perol se estaba agotando. Apenas quedaban un par de cazos de comida. Cuando Consuelo y Pepito se encontraban como a unos seis o siete metros del punto de reparto, uno de los soldados que distribuía la escasa comida se percató de que cerca se encontraba una niña que apenas contaba unos cinco años de edad. 
    - ¡Eh, chica! Acércate, sí, a ti, rubita, ven para acá. Pero cuando Chelito –así le nombraba la familia Colomer en la intimidad- se acercó al soldado que la llamaba, su compañero le dijo: “¿Para qué le dices que venga a la pobre niña si la comida se ha terminado? ¡No ves que aquí no hay nada! 
     El compañero, en su afán por dar algo a la rubita, le contestó: “¡Anda, ayúdame a volcar el perol! Al menos se podrá llevar medio cazo arrebañando el fondo del perol. ¡Vamos!”. 
     Dicho y hecho. Con no poco esfuerzo, mucho cuidado y no menos tino, pudieron medio llenar el cazo cuyo contenido fue a parar a la olla de Chelito. 
     Pito -así le llamaba también toda la familia Colomer y los amigos de la Colonia-, como era lógico, acompañó en todo momento a su hermanita en aquel trasiego que se producía, el bonito y compasivo detalle de un buen soldado con la preciosa y angelical Consuelo, quien se lo agradeció con una pequeña pero graciosa sonrisa. 
     Ya no había tiempo para más, y toda aquella gente se fue disolviendo hacia sus respectivas casas. Una personas más contentas que otras, en razón de si pudieron conseguir su cazo de rancho. Las que no tuvieron esa suerte se marcharon más bien cariacontecidas, refunfuñando de su mala suerte y de la maldita guerra que les había tocado vivir. 
     ¿Cómo emprendieron el camino de regreso a su casa los dos hermanitos? Como era lógico, también se fueron refunfuñando y pensando en lo mucho que se esforzaron para conseguir el miserable cazo de rancho, que ni siquiera iba lleno. La verdad –pensaron los dos- que eso no merecía la pena. Pero lo que más les preocupaba era lo que irían a decir en su casa y, sobre todo, lo que diría su riguroso padre. 
     Aunque lo peor daba la sensación de que estaba por llegar. El tiempo empezaba a empeorar de manera alarmante. Las nubes, como si todavía fuera posible, se ennegrecían más y más. En el ambiente se podía notar humedad por todas partes, el frío extremado y húmedo empezaba a notarse, junto con un molesto viento que azotaba los rostros de Pepito y Consuelo.  

     La terrible tormenta iba a dar comienzo y los dos hermanos, ateridos de frío ya, iniciaron el retorno medio llorosos, para poder cuanto antes estar en casa. El camino de regreso era aún largo, y la lluvia empezó a caer sin ninguna consideración. El cielo se oscureció de tal manera que, junto a la intensa y despiadada lluvia, la luz del día desapareció casi totalmente. La noche se cernió prematuramente sobre Madrid. 
     No serían más allá de las cuatro de la tarde y ya no existía el día sino la noche, cerrada además. Había que atravesar los inacabables campos que de manera alarmante se estaban encharcando, y resultaba muy difícil no pisar el agua acumulada. El calzado de los niños era muy precario, y ninguno de los dos llevaba calcetines. 
     Ahora sí que los hermanos van abrazados. Están unidos no sólo por el destino, sino que necesitan, en un acto de puro instinto de conservación, compartir el necesario calor para esquivar el frío que poco a poco se va apoderando de sus frágiles cuerpos. 
    La fuerte e intensa lluvia penetra en sus cuerpos como queriendo buscar su calor, y el sufrimiento se hará más intenso según transcurra el maldito tiempo.
     Ellos no comprenden porqué tienen que sufrir tanto. Porqué tienen que pasar tanta hambre y, sobre todo, porqué tienen que padecer ese infierno que su pobre destino les tiene reservado. 
     Ahora aligeran el paso todo lo que pueden, porque la tormenta aumenta su rigor. El agua fría golpea sin piedad sus rostros ya cansados, también todo el cuerpo, y saben que no se pueden parar, comprenden que eso sería aún peor. Así que, adelante. 
     Pero según avanzaban sentían más agua y más frío en sus tiernas carnes. A mayor rapidez el malestar aumentaba también. ¡Dios mío!, pensaban, invocando a quien creían que no les podía desamparar, pero tampoco recibían ayuda alguna, así que a caminar y a correr sin parar. 
     A quién importa que la cruel lluvia les azote. Ahora la infame lluvia y el cruel viento, que soplaba ya sin piedad, se habían convertido en un imprevisto vendaval. 
     Ellos corrían cuanto podían como si de esa manera sufrieran menos, pero no era así, aunque lo cierto es que cada vez estaban más cerca de su casa. Por instinto de conservación harían lo necesario para amortiguar el terrible rigor de aquella angustiosa tormenta. 

     Pepito animaba a su querida hermana diciéndole: “Venga, vamos Chelito, hermana, queda ya poco para llegar a casa. Vamos ¡Vamos!” 
     De esa manera él también se daba ánimos, pero apenas habían hecho otra cosa que empezar el camino de vuelta. 
Sucedía que el desagradable y espantoso mal tiempo propiciaba que todo pareciese transcurrir con mayor lentitud. ¡Qué horror! ¿Cómo era posible que la casa estuviese tan lejos, si cuando ellos fueron camino del cuartel no tardaron tanto tiempo? 
     La escena no podía ser más escalofriante. Noche ya totalmente oscura. Casi no podían ver a través de aquellas tremendas ráfagas de lluvia torrencial. El suelo de los campos inundado por grandes charcos. ¡Había que resistir o morir! 
No existía calle alguna ni casa donde poder refugiarse. ¡No había nadie! ¡La soledad era espantosa! Tan solo se podían cobijar entre ellos, y no podían pararse por nada del mundo. ¡Seguir! ¡Seguir! Seguir corriendo. No había otra solución. 
Eran muy jóvenes todavía para entender esa clase de vida, pero la única idea que tenían era la de llegar a su querida y ansiada casa donde estaban sus padres y donde también se encontraban sus hermanos. En su casa, en definitiva, era donde podían poner fin a la interminable y penosísima caminata. ¿En verdad estaban tan lejos de su querida casa? Así era. 
     No hay que olvidar que se trataba de unos niños, que apenas comían, con la edad propia de pasar la vida entreteniéndose y jugando, nada más, no estar sufriendo acontecimientos fuera de lo normal. Sobre todo, Chelito, que tan sólo contaba con cuatro añitos de vida. 
     Llevarían ya como veinte minutos queriendo esquivar no ya la tormenta, sino también el destino incierto, que si así lo quiere te la puede jugar, te puede envidar para que tomes otro rumbo y sigas precisamente el desacierto hasta un destino fatal. 
     Pero también llega un momento en que las calamidades tocan a su fin. En aquel momento, allá a lo lejos, en el horizonte cercano vislumbraron una sombra discontinua que semejaba la colonia Cruz del Rayo, por la parte norte de la misma, y que sirvió a los dos hermanos como acicate para no desmayar y seguir luchando ferozmente contra el destino cruel de aquellos instantes. 
     El hermano mayor gritó: “¡Chelito, míra, es la Colonia!” 
     Consuelo levantó los ojos, esos ojos azules, lindos como ellos solos, que se alegraron al comprobar que su hermano tenía razón. No se equivocaban, pues aquello que se veía más cercano era su querida Colonia. 
     No obstante, persistía el tiempo infernal, pero la cercanía de la casa les llenaba de alegría y coraje, como ayuda a su desvanecido espíritu. 
     Caminaron presurosos hacia el final de la pequeña aventura, que sin duda pudo tener consecuencias trágicas para cualquiera de los dos hermanos. Si la buena orientación que tuvo Pepito a su vuelta a casa hubiera sido otra, las consecuencias hubieran podido ser fatales, si no dramáticas. 
     ¡Por fin llegaron a la Plaza Aunós! ¡Ya estaban en casa! Ahora Valdecilla abajo y, a la derecha, la calle de Gómez Ortega, 32. 
     La entrada al hogar fue apoteósica. La madre lloraba al ver a sus hijos. Estaban de agua hasta la rabadilla, con aspecto aterido, muertos de miedo y con claros síntomas de desfallecimiento, aún más en Consuelo que en su hermano Pepito. 
     El padre preguntó por la comida, y cuando la vió exclamó con desagrado: “¡Tanto sufrimiento para esta porquería!. Medio cazo de rancho”, dijo entre contrariado y despectivo. 
     Aquel día no sería recordado para nada ni por nadie como un buen día, sino como uno de tantos en los que apenas se comía. La alegría, pasados los primeros momentos, brilló por su ausencia, y el desencanto fue lo que prevaleció en esa jornada tan poco feliz, pero que, excepto la tormenta, se repetiría una y otra vez, uno y otro mes, uno y otro año. 
Por no haber, no había fuego siquiera, así que primero Consuelo recibió toda la atención y el cariño de su madre, que por otra parte se pasó gravemente enferma toda la guerra. 
     El pobre Pepito no tenía apenas nada que ponerse, así que, a pesar de quitarse toda la ropa mojada, más bien hasta el chorreo, no tuvo otra solución que meterse en la cama y a otra cosa mariposa. 
     Así ocurren tantas penurias que no interesan a nadie, y estos avatares intrascendentes que, por otra parte –y peores- suceden a miles en una guerra. Pero los niños que los padecen sufren en silencio sus lágrimas secas, que no afloran a sus mejillas porque esos niños no saben de guerras, no conocen de injusticias pero sí de padecerlas. 
     Tras una corta enfermedad -nunca se supo qué la causó- Consuelo, aquel ángel rubio de ojos azules de color azul cielo, moría de indigencia, de falta de atención médica y de medicinas, un año después de este suceso, y una vez cumplidos los cinco años de edad. 
     Su madre, Dolores, que en los últimos meses de la vida de su amada hija apenas se separó de ella un instante, cuando su ángel murió sufrió un inevitable desmayo, pues ya había dado de sí todo el amor y el cuidado de cualquier madre por su hija enferma, llegando hasta la extenuación. 

     La mamá de Consuelo murió nada más terminar la guerra, el día 26 de abril del año 1939, en el Hospital General de Maudes de Chamartín de la Rosa. 
     El padre de Pepito se casó tres meses después de la muerte de su mujer con una viuda de guerra, que aportó dos hijos al nuevo matrimonio. Con el transcurrir del tiempo nació una niña de este matrimonio y que haría el número nueve de todos los hijos. 
     Así que, como éramos pocos... 
     Cuando se está escribiendo esta historia, Pepito en su próximo cumpleaños será octogenario. Se casó tres veces, con su primera mujer fue padre de cinco hijos, con la segunda afortunadamente ninguno, según él, y con la tercera mujer un precioso niño a la edad de 62 años. 
     Así la vida continúa, la Tierra sigue girando como siempre alrededor del Sol, pero en todo esto también hay una cosa cierta: Pepito adoró a su madre Dolores el resto de su vida, y tuvo el recuerdo permanente para su hermanita Consuelo, a quien siempre hubiera deseado tener a su lado, como a su querida e inolvidable mamá. 
José Luis Colomer 

     Dedicado a mi queridísima hermana Loli, a quien sin duda la lectura de este episodio le traerá a la memoria entrañables e inolvidables recuerdos. ¿Te has acordado alguna vez cuando en plena Guerra Civil, pasando tanta hambre y desnutrición, lamías con fruición las blancas paredes de nuestra querida casa de Gómez Ortega, 32? Nos faltaba a todos calcio, pero a quien más le hacía falta, por lo visto, era a ti, querida hermana. 
     Claro que después de terminada la maldita guerra, lo que más nos faltó a todos fue sin duda la ausencia de nuestra amada madre, la madre más guapa, la madre más cariñosa, la madre más buena e inolvidable de todas las madres de la Tierra. 
     El abrazo y el beso más fuerte de tu hermano, Pepe.