EL MECHERO BUNSEN
MOSTRA DE BONSAIS
     El día de la Constitución española, que conmemora el contrato básico de concordia y armonía entre los españoles de naturaleza cainita, tuve la fortuna de no trabajar y gozar de una cita a ciegas con una mujer contactada en una red social.
    Recorrí emocionado los 30 kilómetros que separan mi casa de Miami-Platja y el puerto del Serrallo de Tarragona donde íbamos a encontrarnos. Como suele ocurrirme, en cuanto la vi acercándose ya supe que ésta tampoco iba a ser la mujer de mi vida. En los primeros compases y tras unas miradas examinadoras ya podemos detectar si habrá feeling en el futuro. Me bastan unos pocos segundos, tras descubrir una mala dentadura, un cuerpo raquítico, una cara llena de manchas solares en una mujer otoñal, para no activar las feromonas, ni menos la testosterona.

     A pesar de la decepción inicial, paseamos por el Moll de Costa, junto a los tinglados y grandes almacenes, reconvertidos en restaurantes y salas de exposiciones. Anclado al dique contemplamos un enorme yate, el “Topaz”, de la familia real saudí, que más parecía un crucero para turistas. De un grupo familiar con niños también de paseo el gracioso bromeó diciendo contrariado que había ordenado poner este barco suyo en otro muelle.
     Entré con la mujer en un bar del puerto deportivo, en la heladería de Carlos, conocido de mi familia, para tomar un café con leche, con la mala fortuna de que al poco rato apareció el mencionado grupo. Desapareció la tranquilidad del espacio con sus voces elevadas y los juegos de los niños. Se hacía complicado conversar con mi interlocutora, pero nada se puede hacer en estas circunstancias.

El yate "Topaz" en Tarragona (147 metros de eslora)

     En los bares de Francia sólo se oye un agradable murmullo. Nos queda mucho a los latinos por alcanzar los niveles de civismo de países como Inglaterra o Francia. Se nota la impronta de sus antiguas democracias.
       La tarde invernal se llenó enseguida de noche. Cuando desandábamos el camino de ida para dar por concluida nuestra efímera relación vimos que en el Tinglado Nº 1 se inauguraba una exposición de Bonsais, y de manera espontánea entramos, aburridos ya de nosotros mismos. Un placer para la vista observar árboles en miniatura, coníferas, manzanos con sus frutos, olivos, incluso algarrobos, el árbol fetiche de mi infancia.
     Al fondo de la nave una profesora impartía una clase magistral de ikebana, que es el arte del arreglo floral y una forma de vivir en comunicación con la Naturaleza, incluso un método de meditación. La profesora componía un centro en silencio frente a una veintena de atentos espectadores.

     El vocerío de un niño de dos años era el único ruido que se oía en el recinto. Corría éste excitado de un bonsai a otro, sin que sus padres y abuelos le mandaran callar; al contrario, le seguían el estridente juego, que aumentaba en irracionalidad al no ponerse freno. Ese es el proceder habitual de un niño: liberado de toda compostura, se siente protagonista indiscutible del espacio, le da placer ser el objeto único de atracción de sus seres queridos y del resto de adultos, y si no se le reprime acabará convertido en un ser caprichoso y arrogante, en un pequeño dictador. El niño se envalentonó por la inacción de sus progenitores, que parecían deleitarse con su herencia genética. Su emoción iba in crescendo, y aumentó hasta tal punto su nivel de adrenalina que comenzó a emitir gritos desaforados, alcanzando el paroxismo infantil.


     A partir de ese momento, dejó de ser humano para mí, sólo era un monstruoso enano. Me giré hacia sus padres y comenté que debían hacer callar a ese niño. El abuelo enseguida entró en cólera, y su gesto antes amable y cariñoso se tornó encrespado, enfureciéndose cada vez más, mirándome con cara de desprecio, comenzando a insultarme argumentando que sólo era un niño que se sentía feliz entre los bonsáis.

     Parecía que hubiera humillado a su nieto, y por ello el abuelo guerrero, quizá recordando antiguas broncas de su perdida juventud, sintió la necesidad de alzarse para castigar la afrenta cometida injustamente contra su nieto. Creo que hubiera sido capaz de matarme, estoy convencido de ello, de no ser por la pena de prisión que le hubiera impuesto un juez. El abuelo abandonó a regañadientes la exposición, pero reapareció con más insultos, ya dispuesto a llegar a las manos conmigo, con tal de demostrar su amor incondicional por su nieto, la defensa a ultranza de la sangre de su sangre. También se incorporó la abuela, más agresiva si cabe, con renovados gritos e insultos, recordándome ella que habían permitido a mi acompañante hacerme una foto junto a un minúsculo manzano. Justificaciones llevadas al absurdo en situaciones límite.
      ¡Cuánto me arrepiento de no haberle soltado al abuelo un fuerte y sonoro sopapo en alguna de sus ya deformadas y peludas orejas! Sólo para dejarlo atolondrado y que por unos segundos reflexionara sobre su excesiva, absurda y animal actitud protectora. Le hubiera dado una lección por haberse dirigido con insultos y odio contenido a alguien que sólo pidió hacer callar a un niño que durante 15 minutos no dejó de gritar en un recinto donde se impartía un curso relacionado con la meditación.

     Un suceso reflejo del espíritu reinante en las ciudades, del individualismo exacerbado, del rencor primigenio hacia el desconocido, de la amargura de la senectud arrinconada, desechada, ninguneada, apta sólo para cuidar a los nietos. Una sociedad despiadada con todo aquello que ya no es funcional, animalizada (en todo ser vivo manda la funcionalidad; si la parte o el todo son inútiles, se atrofia o se elimina).

   Ese abuelo retirado de la vida activa demostraba con su heroica defensa del nieto que todavía era útil, fuerte, entero, valorable, digno del reconocimiento de sus congéneres. Ya tenía una historia para enorgullecerse contándosela a sus amigos, y así sentirse más joven, más respetado…
     La ciudad siempre es fría, deshumanizada, sólo existe competitividad. Schopenauer, el filósofo del pesimismo, aconsejaba al hombre rico de espíritu buscar una vida tranquila, con el menor número de estorbos, debiendo elegir el retraimiento e incluso la soledad. Basta con pasear por las calles de una ciudad y fijarse en las casas para adivinar en ellas cierta auto represión, impotencia, rencor del adulto hacia el joven, sueños frustrados...

     En fin, la amargura –en este caso preñada de brutalidad- de quien ya atisba su final y reconoce para sus adentros que ha desperdiciado la única vida que le es otorgada, con una mujer que dejó de amar tiempo atrás y con un trabajo que no le llenó como persona.
      Sucesos como el de la Mostra de Bonsais confirman lo acertado de mi decisión de ir a vivir al campo, lejos de las colmenas humanas que infestan la ciudad. Un intento titánico por situarme al margen de ese contrato social de obligado cumplimiento, para algunos porque no hay otro remedio: estarían encantados de oficiar de jueces y verdugos, sentenciando de manera directa, instantánea, contra todo acto molesto o contrario a su razón. Como el simple gesto de pedir que un niño no rompa con sus gritos la armonía de la existencia.

(Un relato verídico de Max Bunsen)